Si uno ve la plaza de la Puerta del Sol de Madrid, se da cuenta de que algo (de su esplendor) no cuadra. No hace falta ir a Madrid para comprobarlo. Con tener internet y buscarla en https://earth.google.com
y observando un poco, enseguida verá que esta sociedad está hecha para la prisa. A eso me refiero.
Y esa urgencia para todo está relacionada con los placeres y el hedonismo en su significado más barato y simple: primero el placer inmediato y después, el olvido del dolor, cómo si no existiera.
Como decía Lipovetsky: comprad, comprad y olvidaos de las privaciones y ascetismos del pasado.
No sé si he llegado a una conclusión precipitada cuando he puesto la Puerta del Sol de Madrid (cada vez hay más sitios así) como ejemplo de hedonismo. Y solo porque me he fijado en que no hay un solo banco, ni un árbol, nada donde las personas que caminan por ella puedan pararse a descansar.
Dicen que cada día pasan por allí unos treinta mil transeúntes (la mitad de Mérida). Y no hay ni una sombra, ni un sitio donde relajarse viendo pasar gente o charlando un rato.
Todo está predispuesto para la prisa, para no detenerte, para que sigas tu camino consumista, para que compres en cualquiera de los cientos de comercios de las ocho calles que salen de la Puerta del Sol: en especial la calle Preciados (donde hacen las entrevistas los de El Intermedio) o la calle Montera (que en los años setenta tenía una prostituta en cada esquina y ahora está llena de comercios), pero también Arenal (la del Ratoncito Pérez), la de Postas, Mayor, Alcalá, Segovia…
Comprad, comprad: la felicidad más falsa y que causa más amargura que existe es la que nos merecemos. Nos lo dicen en la tele, los espacios abiertos, los anuncios publicitarios, las luces y los escaparates gigantescos ayudan.
Y si uno se da cuenta: poco ha cambiado este consumir descerebrado desde la Segunda Guerra Mundial.
Quizás sí en que ahora lo que se adquiere (previo pago) es más individualista, es decir, invertimos más en nosotros (físicamente), en nuestro cuerpo y nuestras necesidades que en la casa. Que se nos vea bien, que eso también vende.
Y es que la realidad tiene dos velocidades, pero esa ya es otra historia.
Yo sólo quería escribir sobre lo poco que me ha gustado ver en Google Earth la desolación (paradójica) de la Puerta del Sol -el sitio más conocido y visto de España, al menos los treinta y uno de diciembre- así, sin bancos donde ponerse a ver pasar gente (cómo se nota que me estoy haciendo viejo), sni una fuente donde beber agua fresca en verano, sin una mísera sombra.
Fin.












