Recuerdo que hace unos veinte años, caminando por el paseo marítimo de una ciudad malagueña, encontré dentro de una tienda en la que vendían de todo, un expositor de libros.
Yo andaba de vacaciones de verano, me había quedado sin lecturas y ya se sabe que solo puedo subsistir en una toalla en la playa con un libro entre las manos, sino, marcho al chiringuito más cercano y no sé qué es peor.
El caso es que me puse a darle vueltas al expositor vertical de libros que había encontrado. No me gustaba lo que veía. Todos eran best-sellers que ya había leído (de Stephen King, Dan Brown, Isabel Allende, Susana Tamaro, Zoé Valdés, Pérez-Reverte, Vázquez Figueroa, Vázquez Montalban, Ken Follet, Michael Crichton, Noah Gordon, J.K. Rowling, Antonio Gala, Almudena Grandes, Ángeles Caso) o libros de autoayuda (Richard Bach, Jorge Bucay, Paulo Coelho o James Redfield) por lo que no me decidía por ninguno.
Hasta que en una esquina del tenderete vi uno de un autor del que nunca había oído hablar. Era un libro de bolsillo, barato. El tema del que trataba -el lejano oeste a finales del siglo XIX- no es que me interesara mucho, pero como iba a ser una lectura de verano, de las de «usar y tirar», me lo llevé.
Cuando me puse a leer esas frases cortas, tres, cinco palabras separadas por puntos y seguidos me sorprendí. No me lo esperaba.
Enseguida el impacto fue brutal. No es una novela para leer en vacaciones. Yo diría que ni para leer. Contaba historias de vidas violentas, problemáticas. Como todas las otras de Cormac McCarthy, el autor de la novela a la que me refiero, “Meridiano de sangre”.
La terminé ese día de playa. Desde entonces no he vuelto a ella. Y estamos hablando de hace más de veinte años.
Cuando el juez Holden, un tipo siniestro, larguirucho que no tiene pestañas ni cejas, que nunca duerme y toca el violín, agarró a un niño por una pierna y lo tiró vivo a una hoguera, me impactó tanto que casi dejo de leer.
El juez viola niños, mata guerreros indios o a curas, roba caballos, destroza a un chaval de un tiro por la espalda, masacra mulas, buitres (“…mientras el juez agarraba una piedra redonda y aplastaba el cráneo del animal de un certero golpe. Las orejas escupieron sangre y el animal cayó a tierra con tal fuerza que una de sus manos se partió bajo su peso con un chasquido…”).
En mi vida he encontrado un personaje tan violento como el tal juez Holden. O será la manera en la que está escrita su historia.
En la segunda página empieza la violencia y ya no para. La novela es así todo el tiempo. Pero hipnotiza. En un par de pinceladas conoces cada personaje. Casi todas las historias transcurren en la frontera entre México y Texas en la segunda mitad del siglo XIX. Debió ser violenta aquella época.
Luego leí que Cormac McCarthy -fallecido ayer a los 89 años- vivió como un vagabundo por el sur de EEUU y que trabajó incomunicado en una plataforma petrolífera en mitad del mar antes de convertirse en escritor. Una vida dura la suya.
Compré todas sus novelas. Curiosamente de dos de las más flojas han hecho películas: “No es país para viejos” (que más que novela parece un guion de película) y “Todos los caballos bellos”. La otra novela convertida en película “La carretera” si es asequible y potente, siempre dentro de los «márgenes» de brutalidad, grosería, sadismo, salvajismo y atrocidades que uno encuentra en cualquier historia de Cormac McCarthy.
No sé qué escritor dijo (Kafka tal vez) que debiéramos leer libros que nos golpearan como con una maza, que nos impactaran tanto que se nos cortara la respiración, libros que no olvidáramos jamás y que nos cambiaran la percepción de la vida. Libros así no hay muchos (¿han leído los de Carlos Pérez Merinero, Irvine Welsh, James Ellroy?) y menos como “Meridiano de sangre”.
“Suttree”, “Hijo de Dios”, “En la frontera”, “La carretera” o los dos últimos “El pasajero/Stella Maris” son también grandes libros de Cormac McCarthy. Y eso que solo hablo de traducciones…no sé cómo resultarán en sus versiones originales.
Descanse en paz el escritor.
Fin.












