Paseaba a primeros de noviembre por los portales de Plaza de Cabezuela del Valle, en un día de lluvia casi torrencial, porque cuando llueve en Cabezuela lo hace de verdad, no a medias tintas que ni moja. Me sorprendió, escuchar el sonido de las canales al chocar en el suelo y expandir goterones a diestro y siniestro, el sonido me llevó a recordar mis años de niñez, cuando en los mismos días de lluvia corría, no paseaba, por los mismos lugares que ahora lo hacía.
En los años sesenta en Cabezuela los días de lluvia eran especiales, cuando llegaba noviembre y se ponía a llover, ya no lo dejaba en un montón de días y comenzaban a llegar con el viento los fríos de las primeras nieves en la Cobacha y los altos picos de Tornavacas. Comenzaba casi con un mes de antelación el invierno, cambiábamos las sandalias por las botas y las calzonas, los más mayores por los pantalones; los primeros que tuve fueron de lanilla y me los hizo nada más y nada menos que la Sastrería Daza en la calle Talavera de Plasencia, cuando salí por la Callava hacia los portales, para lucir mi nuevo atuendo y presumir de mayor, pantalón largo y botas Gorila de Matías en la calle del Sol, las pelotas verde de goma no sé dónde fueron a parar pero tenía varias.
De allí, a casa de tía Marina a comprar unos Bazookas y unas chocolatinas Toddy. Luego a buscar un sitio seco en los portales para sentarse y ver pasar el tiempo con historias y cuentos, unos inventados otros creídos y sobre todo sorprendentes, historias de Maquis, de viajeros de lobos y mirando las carteleras del cine Vasan a ver qué película nos traía Tío Cirino para el fin de semana; nos alegraba el que fuera de romanos o de pistoleros era ya un sinfín de pensamiento de caballos y pistolas, espadas y escudos, recuerdo la espada de madera que me hizo el tío Rata y que conservé, durante muchos años, hasta que feneció en la lancha-

Quizás para calentar algún guiso de los que hacían mi tía y Mary Luz la de Tía Felisa, en otros momentos salía el tema de los bolindres y un rato a ello, buscar en el suelo un buen Gua y a pasar otros rato mientras las canales seguían sonando en crepitar hacia el suelo, si acaso el agua paraba, vuelta a casa y un ratito de radio mirar por el balcón y ver pasar caballerías, haciendo resonar sus herraduras en los royos de la calle regresando a sus cuadras, tras la jornada en los campos o ver salir al Tío Ubaldo a dar una vuelta por casa Yusta, “por aquí no paso sin tomar un vaso” se anunciaba, en las primeras horas de la tarde, se oía la trompeta del Chatín, ensayando para el domingo en la pista del Gafa, si la lluvia cesaba, salíamos hasta el huerto del cura, las naranjas y las granadas eran presa fácil, las naranjas a pelarlas con la mano y las granadas ya encontramos el sitio en la pared seca de piedra en un lugar frente a la solana de la tía Lorenza, una piedra sobresalía puntiaguda a la que de un solo trompazo le habrías una grieta y a ir desgranando y a ponernos perdido del jugo que soltaba
Es noviembre tiempo de Santos y de Difuntos, también de calbotes. Castañas había muchas solo ir hasta los Pérez y coger con cuidado los erizos y buscar las más gordas, luego comprar unos Bisontes sueltos y subir a la torre de la Iglesia a doblar durante todo el día, allí en el suelo, la lumbre y la lata con los rotos para asar, alguno se las pintaba estupendamente para que quedaran como un manjar y encima Don Floro nos daba unas pesetas por el trabajo, que para nosotros era una diversión.
Eran tiempos de Matilde, Perico y Periquín de «Ustedes son Formidables» y la «Operación Plus Ultra». Quién me iba a decir a mí que a lo largo de los años conociera a los protagonistas de todas aquellas aventuras radiofónicas.
Sin darme cuenta llego a la tienda del Tarrero y sigo oyendo caer las canales en la calleja de la Carcel, sigue lloviendo.














No me ha sido nada difícil sacar de mi memoria esos días de lluvia en Cabezuela donde el persistente chasquido del agua de las canales sobre el suelo hacía que el día fuera diferente. Recuerdo a mi abuelo en el patio de la casa comentando: i Cómo cascan las canales ! Mientras cogía la calderilla para ponerla bajo una de esas canales y una vez llena llevarla a la cuadra para que bebiera el caballo, pues no era día de campo.
Disfrutar de Cabezuela, es concebir en un solo lugar, los paisajes más lindos y variados que acentúan cada estación. La floración de las cerezas ¡qué maravilla a propios y extraños!, las gargantas y el río, el cerco de montañas con sus cumbres bañadas de nieve que nos devuelven un aire frío y renovador- El olor de su ambiente a madera caliente que abraza la sensación de hogar ameno de gente buena y familiar, las tradiciones y motes que se conservan de generación en generación hacen que este lugar para mí sea especial.
Me gustan los recuerdos del nuevo cronista. No tan lejanos en el tiempo pero tan diferentes a los actuales.