Es acordarme de aquel día en la Feria de Sevilla y me viene a la cabeza algo que seguro he contado más de una vez, pero que no olvido. Sobre todo, el miedo que pasé a posteriori.
Algo que empezó bien, pudo acabar más o menos regular.
Además de pasear por las calles con nombre de toreros, Curro Romero, Pepe Hillo, Juan Belmonte, como ya dije, acabé dentro de algunas de las casetas y aquella primavera sevillana, aprendí algo que me sirvió para después: si bebías siete cervezas y veinticuatro rebujitos comiendo unas gambitas, unas tortitas de camarones, unos triángulos de quesito bueno y jamón del caro, cuando empezabas a amodorrarte porque el sueño te podía, había un truco para seguir y pasar a continuación a los vasos largos o a los güisquis con hielo, simplemente hay que beberse un caldito calentito, aunque haga calor.
Eso hice antes de que se hiciera de noche. Nada más terminar el caldo de sopa de pollo, me sentí como nuevo y pude seguir de marcha la noche entera.
Continué en la Feria de Sevilla cambiando de caseta de las que tenía invitación y a base de jotabeses con cola y luego, cuando la economía se iba resintiendo, otra vez más cerveza, fino, rebujito, manzanilla y lo que me dieran y cuando me di cuenta, eran por lo menos las seis de la mañana. Y me vi solo.
Como no tenía ni idea de adónde ir y las casetas iban echando el cierre una tras otra, salí del recinto ferial siguiendo al pie de la letra el famoso dicho: «¿Dónde va Vicente? donde va la gente».
Me puse a seguir, medio derrotado, a un montón de fiesteros que salían por una puerta lateral del ferial.
El grupo más grande tiró por un puente. Yo seguí por ese puente. Cuando cruzamos un río, supongo que el Guadalquivir, me di cuenta de que cada vez había menos gente a mi alrededor. A mí me daba igual, solo quería llegar a un bar donde refrescarme y desayunar para entonarme y recuperar la compostura.
Recuerdo que me pareció dejar a mi izquierda un hospital y algunos bloques de piso. Continué caminando un buen rato pensando en mis cosas, cada vez más solo y alejado del mundanal ruido.
Cuando se hizo de día, me espabilé, miré con atención y comprobé que no había nadie a mi alrededor. Por no haber, no había ni casas.
Llegué a un descampado lleno de yerbajos y pedruscos. Cuando empezaba a pensar que no sería mala idea darme la vuelta, vi a lo lejos una polvareda tremenda. Era un coche que venía a toda velocidad. Un taxi. Cuando me sobrepasó el taxista vería algo en mí porque pegó un frenazo, dio marcha atrás, abrió la ventanilla del copiloto y me dijo:
– «¿Dónde vas alma de cántaro?».
Le contesté:
-«Nada, por aquí, buscando un bar, un taxi o algo».
Abrió una de las puertas de atrás y me dijo:
– «Anda sube, que ahora te cuento qué te ibas a encontrar detrás de esa loma que ves al fondo, pero primero dime adonde te llevo».
El primer sitio que se me ocurrió fue la estación de autobuses. Se lo dije y me comentó:
-«No sabes de la que te has librado, ibas de cabeza a las chabolas de las Tres Mil viviendas».
Conocida es la mala fama de esa zona. El taxista me llevó a la estación de autobuses de Sevilla. Le di las gracias. Con el poco dinero que me quedaba saqué un billete para Mérida. No tuve que esperar mucho. Dormité un rato en un banco y solo recuerdo que cuando aparecí en Mérida era domingo por la tarde. Llegué a casa de mis padres en Duque de Salas tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada. Y es que realmente no me pasó nada. Fue una pena haberme perdido la visita turística a las Tres mil Viviendas. O mejor, no.
Fin.












