Yo también tengo mi anécdota con Joaquín Sabina.
Acabo de escuchar a Joaquín Sabina (73 años) decir: “Todas las revoluciones del siglo XX, todas, fracasaron estrepitosamente y la única que avanza en el siglo XXI es el feminismo y elegetevi nosequé ejejeje, las únicas, las otras, el fracaso del comunismo ha sido feroz, la deriva de la izquierda latinoamericana me rompe el corazón justamente por haber sido (él, Sabina) tan de izquierdas, ahora ya no lo soy tanto porque tengo ojos, oídos y cabeza para ver lo que está pasando y es muy triste lo que está pasando”.
Me acuerdo de haber visto a Sabina, a finales de los ochenta o principios de los noventa, en mi pueblo, Mérida. Ya era famoso. Estaba casado con (o era pareja de) la hija de Alberto Oliart (nacido en Mérida, fue ministro con Leopoldo Calvo-Sotelo y con Adolfo Suárez y también presidente de RTVE con Zapatero, aparte de abogado del Estado y consejero de un montón de empresas durante el franquismo).
A Sabina y novia o esposa (no sé) lo vi un par de veces (en Semana Santa, en Navidades) en una tienda que para mí era exclusiva (Ultramarinos Zancada) por los productos que se ofrecían y la calidad en el trato. Para mí, que era de clase baja, a esos sitios solo iba una élite social privilegiada, gente “de dinero”. Y ya digo, para mí, no de izquierdas precisamente.
Leo también que ahora Sabina tiene que pagar dos millones y medio de euros a Hacienda (¿Cómo consigue la gente tener acceso a los expedientes de Hacienda de los famosos? Es curioso)
Y luego que ha roto con el compositor Pancho Varona con el que llevaba trabajando cuarenta años. Parece ser que llevaban mal veinte y muy mal los últimos dos o tres. Como la vida misma.
De pronto las gentes del lugar (Facebook) se han puesto a hablar de Joaquín Sabina, ese que canta (y escribe). Y yo que soy un desconfiado y un mal pensado me he dicho: Todo este tinglado y llamar la atención así como el que no quiere la cosa, parece puro marketing. Serán cosas mías.
Pero la situación me recordó a cuando antes de que sacaran un libro de Gunter Grass dijeron que el escritor había sido nazi. O cuando Sánchez Dragó sacó un libro dijo que en él contaba que se había acostado en Tailandia con niñas de catorce o quince años.
Luego lo desmintieron o suavizaron los dos escritores, cada uno lo suyo. Uno dijo que es porque en su juventud en Alemania todos eran nazis y el otro, después de montarse tremendo revuelo (que no le sirvió, que yo sepa, para vender muchos libros) que era mentira, que fueron prostitutas que parecían jovencísimas.
Y me acuerdo de cuando sacaron un libro de más de 600 páginas de Juan Marsé, dijeron que él había sido jurado del Premio Planeta y que esos premios estaban dados “a dedo” con antelación.
El último ejemplo del que me acuerdo es de Victoria Abril (que siempre “me ha caído bien”). Parece ser que andaba mal económicamente (eso leí) o con depresión y lo que hizo para saber que ella “estaba ahí”, fue que en fechas del Covid-19, se negó a ponerse mascarilla y a decir que el coronavirus era mentira. Enseguida encontró trabajo en Master-chef (parece que esto funciona así). Cuando se le acabó el contrato dijo con respecto a lo de que el coronavirus era un invento: “Os juro que no ha sido mi intención. Para mí todas las vidas cuentan, creedme por favor”.
Y claro, lo de Joaquín Sabina parece (ya digo, soy un desconfiado) que también va por esos derroteros: Sacan ya mismo un documental sobre los últimos diez años de vida de Sabina y como hay tanta competencia en productos audiovisuales se llama la atención como sea. Nada que ver con que Sabina sea o haya sido de izquierdas o de derechas las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. O diecinueve días y quinientas noches. Qué más da. O viceversa.












