Empeñado anda Pelín para que en el Congreso y el Senado se hable en castúo aduciendo que tenemos el mismo derecho que catalanes, vascos y gallegos. Dejando aparte su ingenuidad y candor fantasmal lo cierto es que trastoca argumentos para defender su querencia, así, el otro día, me dijo que nuestra circuncisión tiene el mismo valor democrático que cualquiera otra y cuando intenté decirle que una cosa es la circuncisión carnal y otra la circunscripción electoral me adujo que bueno pero que se puede utilizar pues en las elecciones a alguno le cortan algo y otros la siguen teniendo, la paga (que se lo pregunten a algunos extintos que en paz descansen).
Sabe Pelín que soy de derechas y que en las bien pagadas Cámaras hay gente de mi generación (pero que no se jubilan) y como él siempre va delante, como la cabra de la Legión, me sugiere que llame a Javier Arenas, José Antonio Monago o Carlos Floriano para que impongan el uso del castúo para que les entendamos mejor. Otra cosa no, pero Pelín es un experto que tiene el don de no acertar con lo evidente.
Decírselo se lo voy a decir, todavía tengo su número (otra cosa es que ellos tengan el mío y no me respondan) pero le he sugerido a mi entrañable espíritu que sería más eficaz si recabara firmas y no solo la mía (él no tiene firma, es también, como un querido amigo mío, insolvente, disolvente y astringente), además tendríamos que movilizar al personal para que exprese sus quejas cuando se rechace el uso del castúo, pues sospecho que los míos del PP no van a poner la carne en el asador, por lo que pudiera pasar.
A veces pienso que cambiarían las cosas si los políticos pensaran que lo que hacen sirve o no sirve a las personas. “¿Qué la gente proteste?” ha dicho Pelín: “Los extremeños solo protestamos desde el sofá o la barra del bar y desde que cerró (temporalmente espero) el Nevado (¡vuelve Michel, te lo suplico!), aquí en Mérida no protesta nadie”. Pues para obtener algo se necesita pedir mucho, le he dicho, si no, mejor vámonos, que el pescuezo no retoña.
Desalentado Pelín ha puesto cara de actor de serie del amor en tiempos de Netflix, ha enmudecido con ese encanto que irradia cuando calla pues parece como ausente y despertando de su breve letargo me ha dicho ¿Vamos a coger caracoles? ¿A dónde ahora? Al cementerio, los caracoles del cementerio saben mejor. Qué sabe Nadia de las cosas de Pelín, no es lo que parece que diría el otro, pero, al final, me marcharé de este mundo sin entender a las mujeres, sin comprender las frases de Pelín y sin saber para qué sirven las diputaciones. ¡Señor, qué sofoco!












