El escritor Juan Gómez-Jurado en una fotografía de archivo (Diario de Sevilla)
Juan Gómez-Jurado, con su frase “¡Solo hacía falta no pelear solo!”, ha dado en la diana.
Estamos viviendo en un mundo de muchas normas, excesivas y nuevas en la vida social. Los legisladores se pasan en querer normativizar y legislar todo.
Con la creación del Estado de las Autonomías desde la Constitución de 1978 se ha creído que legislando todo de nuevo se creaba un Nuevo Estado más justo. En ocasiones las leyes han sido muy positivas, en otras no tanto y han creado conflictos.
El Estado policía necesita leyes rigurosas para mantener su orden social. El exceso de normas ahoga el derecho consuetudinario tan bien defendido y estudiado por Joaquín Costa.
Cuando se abandona el derecho consuetudinario y el poder legislativo abusa de su poder, se crean los conflictos con el poder judicial y el ejecutivo y el ciudadano sale perjudicado.
En el caso de la Real Academia de la Lengua Española, el grupo de lingüistas que redactó las nuevas normas ortográficas se pasó cuatro pueblos aplicando criterios no del todo ajustados a la realidad de la lengua. Los académicos que las aprobaron admitieron una norma ambigua.
La Academia es un ejemplo de cómo no todo lo que se aprueba con votos es lo más razonable. El comité de sabios se puede equivocar y se equivoca muchas veces. Los sabios también mueren y les suceden otros que saben recular y rectificar los errores cometidos por sus predecesores o por ellos mismos.
La Academia es un ejemplo de una institución con solera y futuro porque sabe enmendar lo mal impuesto como norma.
El poder legislativo cuando se equivoca tiene la obligación de rectificar bien por iniciativa propia o, como bien ha hallado Juan Gómez-Jurado, siguiendo su juego de palabras por: “¡Solo hacía falta no pelear solo!”
Se consigue más y es más rentable en el Estado de las Autonomías cuando las instituciones reconocen y rectifican sus propios errores que cuando “el pueblo puede sólo quejarse y quedarse solo ante el poder legislativo”.
La Mecedora Habladora dice: “El que quiera escuchar que escuche y el que quiera oír que tilde las palabras ‘sólo, éste, ése y aquél’, como se hacía cuando no había tantas normas y se enseñaba ortografía en el libro titulado “Mis dictados” y los bachilleres no cometían faltas de ortografía ni de acentuación como cometen después de legislar la Real Academia de la Lengua Española sus nuevas normas ortográficas, que ahora ha rectificado para que haya justicia cuando un ciudadano quiera ser funcionario y no haya lugar a ambigüedad por parte del poder ejecutivo que es el tribunal examinador.












