Bruce Chatwin cuenta al inicio de su libro de viajes “En la Patagonia” que en el comedor de la casa de su abuela conservaban como una joya un trozo de piel con mechones de pelo áspero y rojizo. Su madre le dijo que era un fragmento de brontosauro -también conocido como brontosaurio-.
Cuenta Chatwin en el libro que el brontosauro es un animal prehistórico, del periodo Jurásico -de hace 155 millones de años- que se ahogó durante el Diluvio universal porque Noé no había conseguido meterlo en el Arca debido a su gran tamaño, medía unos 22 metros de longitud y pesaba más de quince toneladas.
El Arca de Noé es quizás el relato de la Biblia que más chistes fáciles ha sacado del imaginario popular, pero al que hay que tener respeto siempre, no en vano es una de las claves de judaísmo rabínico.
La historia del Arca de Noé se cuenta en los primeros capítulos -del seis al nueve del Génesis- de la Biblia.
Si uno lee los párrafos literalmente, es decir, sin ayuda de la fe, encuentra todo poco creíble o inverosímil. Se dice que cuando Dios trajo el diluvio Noé tenia seiscientos años. A saber cómo calculaban la edad en aquellos tiempos.
Luego se le dijo que tomara siete parejas de aves y de cada especie de los animales puros y una pareja de cada impuro.
Los animales puros han de ser rumiantes y tener además la pezuña hendida. Se consideran impuros el camello, el conejo, la liebre y el cerdo, y todos aquellos con almohadillas en manos y pies.
El por qué de esta clasificación no lo sé, algún sentido tendrá.
Dios le dijo a Noé que borraría de la faz de la tierra -¿Sus motivos tendría?- a todos los seres que creó excepto los animales nombrados y la familia de Noé: tres hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos.
Si en la tierra hay siete u ocho millones de animales y el Arca medía ciento cincuenta metros de largo, por veinticinco de ancho y quince de alto en tres pisos. Muchos no cabían.
Luego empieza uno a pensar en las termitas que corroen la madera, en los leones que se alimentan de ñus, en los peces y demás animales marítimos (ballenas, orcas asesinas, peces espadas, sardinas, monstruos abisales…), que supongo no iban en peceras porque no se habían inventado. ¿Y qué decir de los ornitorrincos? Como chiste se cuenta que nacieron en el Arca. ¿Y hormigas? ¿Solo siete parejas de hormigas? Pocas parecen. Por no hablar de los molestos mosquitos, gusanos, moscas, las ratas, los conejos, las escolopendras, las hienas, los camarones, sanguijuelas, liendres, esponjas de mar, las boas constrictor y un largo etcétera.
Pero tampoco quiero romper mitos porque realmente la historia del Arca de Noé se basa en Ziusudra, un héroe de la mitología sumeria, de unos cinco mil años antes de Cristo. Los dioses, cansados del comportamiento y del ruido de los humanos, le piden a Ziusudra que cree una embarcación y se refugie junto a las distintas especies de animales, hasta que pase la gran inundación.
Pero lo dicho, no hay que tomarse literalmente la historia del Arca de Noé -ni perder la fe- sino como una metáfora, aunque digan que en el monte Ararat quedan restos de la embarcación -mejor que no los encuentren no sea que se hagan pruebas de ADN, de Carbono 14 o de termoresonancia o lo que se haga ahora y digan que algo “no cuadra”-.
Al final, en el libro “En la Patagonia”, resultó que lo que había en el comedor de la casa de la abuela de Bruce Chatwin no era un fragmento de brontosauro. Los brontosauros eran reptiles por lo que no tenían pelo, sino un cuero escamoso y acorazado y el trozo de piel tenía pelo.
Con los años supo que era un milodonte o perezoso gigante que yo no sé si cabía en el Arca porque aunque medía dos metros y medio pesaba unas tres toneladas, pero de esto ya se ha hablado.
Fin.












