Me sorprendió muchísimo que X, la persona más intolerante que conozco -yo creo que es intolerante hasta a la lactosa- hablara bien de los homosexuales.
El problema para esa persona, es su falta de empatía. No sabe -o no quiere- ponerse en el lugar los demás a los que considera “rivales”. Siempre está a la defensiva. Con el paso de los años ha ocurrido que todo el mundo va en contra de ella y, por supuesto, la culpa es de los demás.
Me pasmó que hablara bien de alguien. Y más del colectivo homosexual. Luego matizó algo el asunto: tenía un amigo gay y para ella, su amigo era una persona normal, qué palabra más triste esa de “normal”.
La persona que conozco tan radical e intolerante cumple todos los síntomas de la falta de empatía:
-Le corroe laenvidia ¿Cómo se va a alegrar de los triunfos de los demás si ni saborea los suyos?
-Critica a todo el mundo. Cuando se pone de ese modo me entran ganas de preguntarle ¿Tú no tienes más amigos nada más que yo o qué?
-Es tajante con sus ideas. Algún día le diré que los humanos, por suerte, somos poliédricos, estamos hechos de múltiples facetas.
-Es tan obstusa y obcecada que no se da cuenta de que lo que dice o hace puede afectar a quienes la rodean.
-Los malos siempre son los demás.
-Nunca se confunde ni comete errores.
-Solo ve la vida desde su perspectiva: para qué va a mirar desde los ojos de los demás si la única visión válida es la suya las 24 horas del día, los 365 días del año.
-Y lo que es la clave de la falta de empatía: nunca se pone en el lugar del otro.
En el arranque de “Modernidad líquida” de Zygmunt Bauman aparece una frase de Paul Valery (fallecido en 1945) que empieza:
“La interrupción, la incoherencia y la sorpresa son las condiciones habituales de nuestra vida…” para terminar diciendo que “ya no toleramos nada que dure”.
Bauman insiste en su libro en que los humanos somos “líquidos”. Y que fluimos, nos derramamos, nos desbordamos, salpicamos, nos vertemos, nos filtramos, goteamos, inundamos, chorreamos, manamos, tenemos una extraordinaria movilidad (mental y de la otra), es decir, todo lo que hace el agua, lo hacemos nosotros con y en la vida, forma parte de la condición humana.
Expertos en el asunto insisten en todo lo que somos y podemos hacer con nuestras vidas a pesar de que nos frenen los prejuicios y los miedos adquiridos en la infancia -miedos y prejuicios que nos hacen peores seres humanos-.
Estamos en esta vida -es una visión, mi visión- para aprender, mejorar y ponernos en el lugar de los demás, de ahí mi sorpresa al escuchar a la persona esa tan intolerante que conozco de la que hablé al principio, hablar bien de la homosexualidad.
Es la primera vez en muchos años que la escucho algo positivo de alguien. Me alegro. Así se empieza. Si continúa por ese camino, yo sería capaz hasta de olvidar el cien por cien de su pasado. Es lo que tiene la empatía. La mía.
Fin.












