Si te cuentan el origen del fuego en clave de humor, pero con datos antropológicos y sociológicos llega a lo más hondo y te lo llegas a creer.
Roy Lewis en su “Por qué me comí a mi padre” (Ediciones Gigamesh, traducción de Raquel Marqués) cuenta con mucha guasa la historia de un adelantado a su tiempo.
Al menos a mí, leer que un tipo -un homínido- arranca un trozo de fuego de un volcán allá por el Pleistoceno y dice que por fin podrán tener calefacción central en la cueva, me divierte. En el libro se cuentan historias de hace doce mil años con palabras del siglo XX (el libro es de 1960)
Pero eso no es nada. El fuego es difícil de transportar, come como una lima y te muerde si lo pisas –“Niño chamuscado, del fuego acobardado” es un refrán inventado de aquellos entonces- y es que si ahora te puedes encontrar unos zapatos «Derby de piel cordovan» por 1950,00 €, hace doce mil años todo el mundo iba descalzo. Eso sí, lo dice el libro, el fuego «abre grandes perspectivas de progreso.»
Insisten en que el fuego fue un gran avance social. Ellos, los homínidos, habían bajado de los árboles, andaban a dos patas y fabricaban hachas de piedra y poco más, pero el fuego sirvió para ahuyentar a los depredadores y quitarse el frío.
“Ay, mami, es que no me gusta el sapo”, decía un niño llamado Chiquitín. “O te lo comes o te doy un bofetón y mastica cien veces antes de tragar”, contestaba la madre mientras usaba unas hojas y una muda de serpiente para tapar unas cosas. Así es el libro todo el tiempo.
Un capítulo se convierte en una especie de “Idealista” anunciando la nueva cueva que ha adquirido la tribu gracias a que con antorchas ahuyentaron a los antiguos inquilinos, una familia de osos: “La mejor caverna de la zona, con un precioso pórtico con forma de arco, de unos cuatro metros y medio de ancho por seis de alto, protegido por un saliente de roca inclinado con elegancia del cual colgaban buganvillas a modo de cortinas…”. Y las comodidades más modernas del mercado con muchas habitaciones -cuevas más pequeñas al fondo- “Por fin las chicas tendrán algo de intimidad”, dijo madre.
Y bóvedas y una cava para el vino…toda una oportunidad para el desarrollo, la nueva cueva de los homínidos de la novela.
Uno de los hermanos del protagonista se fue de viaje al extranjero. Su esposa dice: “Mi mozo volverá prontico a casa, aunque no nos envíe de vez en cuando ni una postalica ni nada”. Hace doce mil años.
Contado en clave de humor, es un libro didáctico, como cuando un bebé no quiere andar y el patriarca de la tribu dice que tiene que caminar porque sino, volverían para atrás sacrificando “los frutos del esfuerzo de miles de años de evolución y de la cultura de la Edad de Piedra y volver a empezar de cero como simios arborícolas”.
Grados centígrados, reprís, metros cúbicos, estudiábamos botánica económica, todo depende de nuestra capacidad de concentración, diez kilómetros por hora, libre albedrío, principios psicológicos, el secreto de la industria moderna, no veo ni torta, te enseñaré a decir por favor y gracias… o cuando un niño sale artista porque dibuja sombras de personas o animales en las cuevas dicen que lo que hace es arte figurativo…hace doce mil años. Así es todo el tiempo el hilarante libro.
Y la clave de todo es la explicación, paso a paso, chanza tras chanza, de lo que se resume en esta frase:
“Si estamos cómodos dirás que es porque nos hemos adaptado bien a nuestro entorno. Es lo que dicen todos cuando se cansan de evolucionar”.
Si nos vamos-venimos- al siglo XXI, esa frase que quiere ser humorística, dice mucho.
Y es que leyendo este “Por qué me comí a padre” de Roy Lewis por ejemplo, uno no se cansa de evolucionar ¿no?
Fin.












