Si uno escribe “Christopher McCandless” en Wikipedia, leerá que fue un excursionista estadounidense que falleció en el parque nacional Denali de Alaska (EEUU) en el verano de 1992, a los 24 años de edad, después de estar casi cuatro meses viviendo en mitad de las montañas con escasa comida y sin ropa suficiente para resguardarse del frío.
Esta vida tan corta dio tanto de sí como para que el escritor y montañero Jon Krakauer escribiera un libro titulado “Hacia rutas salvajes” y Sean Penn dirigiera una película con el mismo nombre.
Chistopher McCandless antes de su definitiva excursión, había regalado todo su dinero y abandonado su coche (el coche es en EEUU sinónimo de estatus social) y soñaba con una vida en estado salvaje.
Guiado -entre otras- por sus lecturas de “Walden” de Thoreau, quiso imitar la vida del “conceptualizador de las prácticas de desobediencia civil”, como así llamaban en el siglo XIX a Thoreau para convertirse en un icono, lo que le costó la vida.
En la Introducción de su “Walden”, Thoreau cuenta que él, Henry David Thoreau: “No se casó, vivió solo, nunca fue a la iglesia, no votó, se negó a pagarle al Estado un tributo que a su juicio era injusto, por más que le costara la cárcel. Por ser un naturalista, jamás recurrió a las armas ni a las trampas del cazador.“
Cuando un equipo de cazadores de alces encontró el cuerpo sin vida de Christopher McCandless en la recónditas y frías montañas de Alaska, tal y como contó Krakauer, unos pensaron que había sido un intrépido idealista y otros que fue un loco y un ingenuo.
Tuvo tal éxito el libro de Krakauer que el autobús abandonado donde McCanless vivió en Alaska se convirtió en un destino turístico.
Uno se puede preguntar qué hace un autobús en mitad de la nada como si fuera una escena de los “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Parece ser que años antes, una compañía contratada para asfaltar una pista forestal en aquellos parajes, compró tres autobuses desguazados para que sirvieran de alojamiento a los operarios que construían dicha carretera forestal. Equiparon a los autobuses con literas y estufas de leña. Con los años retiraron dos autobuses y el tercero, el que utilizó McCandless lo dejaron allí como refugio para cazadores.
Después del éxito del libro de Krakauer, tuvieron que retirar el autobús porque varios excursionistas acabaron heridos y alguno incluso falleció, en la búsqueda de la que fue la última morada de McCandless.
Krakauer para quien McCandless era un brillante idealista, se obsesionó con él porque veía inquietantes paralelismos entre su vida y la del joven excursionista fallecido que, dos años antes de su última y definitiva aventura, había dejado atrás su vida para dedicarse a vagabundear.
Pocos después de escribir su libro, Krakauer hizo una accidentada subida en grupo -hubo varios fallecidos- al Everest en busca de lo que le él pensó que era la motivación de McCandless.
Christopher McCandless antes de desaparecer escribió a un amigo: “No eches raíces, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada… No necesitas tener a alguien contigo para traer una nueva luz a tu vida. Está ahí fuera, sencillamente.”
Bendita locura aquella de los hombres (y mujeres) que consiguen llegar a cimas inexpugnables e inimaginables, en su afán de libertad, conocimiento y superación.
Nota al margen y que a lo mejor no tiene nada que ver con lo que he escrito (o sí): me he acordado de McCandless y Krakauer porque acabo de leer que «El ex concursante de ‘Gran Hermano’ El Yoyas, cita a un periódico en medio de un bosque -donde permanece escondido- para dar su versión. «Condenado a cinco años y ocho meses de cárcel por maltratar a su mujer y sus hijos, está en busca y captura, dice El Mundo.
Fin.












