Todos los días abro libros al azar. Por cualquier página. Cualquier libro. Un diccionario enciclopédico, los “Ensayos” de Montaigne, los cuatro libros de “Me acuerdo” que tengo (de Joe Brainard, Georges Perec, Elías Moro y Jesús Marchamalo) o “La novela de un literato” de Rafael Cansinos Assens.
Acabo de abrir al azar la “novela” de Cansinos Assens. En la página 349 habla de Juan Ramón Jiménez.
Los que saben dicen que JRJ es un gran escritor. No tengo ni idea, de él solo he leído (me da no sé qué reconocerlo) muchas veces, eso sí, el inicio de “Platero y yo”. Tantas que lo aprendí de memoria: “Platero es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.”
Platero es un burro. Este trozo de poema nunca llegó a convencerme. Yo de chico monté alguna que otra vez en un jamelgo de esos. Los asnos de mi niñez olían mal, como si estuvieran mojados de orín y barro, estaban sucios hasta media altura y la columna vertebral parecía hecha de nudos o tropezones. Eran incómodos. Y encima, tozudos a más no poder, solo se movían a base de golpes o si alguien tiraba fuerte de las riendas.
Cansinos Assens se preguntaba en esa página si JRJ era bohemio. Dice que le contaron que los últimos años de Juan Ramón Jiménez en Madrid cayó en una bohemia espantosa. Su familia -propietarios de una fábrica de coñac-, había ido a menos por culpa de la guerra civil. Cuenta que un tal Gregorio -buen amigo de sus amigos- lo hospedó en su casa y JRJ estuvo viviendo un tiempo “a mesa y mantel.
Añade que “este delicado poeta cometió actos de verdadera hamponería”. Cansinos Assens, en este impresionante libro (de Arca Ediciones), le pedía a Gregorio (no sé a quien se refiere) libros y más libros “de la editorial”. Decía que era para regalarlos a las bibliotecas públicas. JRJ se llevaba carros enteros llenos de libros. Un día él -Cansinos Assens- empezó a sospechar e hizo que un ordenanza siguieran al carro con el que JRJ iba cargado de libros. Los llevaba “a la tienda de Dafauce, el librero de viejo”. Para venderlos.
Cuando Cansinos Assens lo comentó, un tal Julio le dijo que eso era imposible, que JRJ no hacía “cosas dignas de un Pedro Luis de Gálvez” (poeta bohemio, muerto de hambre y “sablista” al que recuerdo de la novela “Las máscaras del héroe” de Juan Manuel de Prada).
Cansinos Assens dice que no le mueve «la mala idea» sino porque le causaba mucha tristeza que el gran poeta de “Arias tristes” (libro publicado en 1903 cuando JRJ tenía 22 años y hacía poco que había estado ingresado en un sanatorio de Burdeos a consecuencia de un cuadro depresivo que se le desencadenó por el fallecimiento de su padre y la mala situación financiera de su familia) estuviera enfermo -que lo estaba en 1914 que es la fecha en la que Cansinos Assens cuenta la anécdota del gran poeta- y además, ahora fuera pobre de solemnidad.
Enseguida Cansinos Assens se olvida de Juan Ramón Jiménez preguntándose si “será verdad que el poeta es como el pato podrido que produce el foie gras.
Se pone a escribir de un tal Ricardo Catarineau. Acababa de morir. Tenía 46 años en enero de 1915, cuando falleció. Era poeta que en aquellos años, parece ser, sinónimo de pobre y bohemio. Aunque el padre de Catarineau era un hombre rico, también era “enemigo de toda bohemia, de todo desorden, uno de esos viejos rutinarios y avaros que pinta Balzac…”, un tipo inflexible que nunca perdonó a su hijo que se “hiciera” poeta. El fallecido dejó a la viuda e hijos en mala situación económica.
Cansinos Assens cuenta que en el entierro casi todos sintieron compasión o pena por el poeta muerto, más que nada porque “no les hacía sombra”, al ser poeta inferior.
Inmensa “La novela de un literato” de Rafael Cansinos Assens.
En algún sitio leí que la gente chismosa y envidiosa -como parece el libro- suele ser gente insatisfecha con su vida. En el caso de este escritor esta insatisfacción dio para un gran libro.
Me está gustando tanto que aparco para otro momento, el diccionario enciclopédico, los “Ensayos” de Montaigne, los cuatro libros de “Me acuerdo” que tengo (de Joe Brainard, Georges Perec, Elías Moro y Jesús Marchamalo) y pensando qué sería de mí si no leyera. O hubiera leído. O si fuera o fuese poeta.
Fin.












