Me acuerdo de que allá por mil novecientos ochenta y cinco pateé las calles en cuesta de El Rastro. Había ido a Madrid a hacer unas oposiciones para “cartero” y me había alojado en casa de unos primos en Canillejas.
Sé que es ese el año porque un toro acababa de matar al torero el Yiyo conocido por haber acompañado (y matado al toro asesino) a Paquirri y al Soro en Pozoblanco un par de años antes, cuando el famoso Paquirri murió en la plaza.
No me gustan los toros, pero forman parte de mi realidad de aquellos años y no puedo negarla.
Comento esto de José Cubero, más conocido como el Yiyo porque era vecino del barrio de Canillejas. O lo eran sus padres. Y lo de la muerte del Yiyo se comentó mucho.
Recuerdo que esos días había una verbena nocturna en una plaza colindante con otro barrio, el de San Blas (creo que ahora la zona se llama Distrito San Blas-Canillejas) y que estaba -la verbena, la plaza, el barrio- cerca de Barajas.
Cuento todo esto porque yo era (¿ahora no?) un pueblerino que miraba con asombro todo lo que encontraba a mi paso. Y Madrid era Madrid. Y más para alguien que llegaba de un pueblo de cuarenta y tantos mil habitantes (ahora sesenta mil).
Yo había ido varias veces a Madrid con la familia (trescientos cuarenta kilómetros, dos padres y cinco niños en un R-4) porque mi padre tenía familia en Usera y un amigo de infancia -Marcelo se llamaba- no recuerdo en qué barrio, pero sí que vivía en un rascacielos de diez o doce pisos y que la terraza, arriba del todo, estaba llena de jaulas con canarios y periquitos- a los que visitábamos indistintamente cada dos o tres años.
Pero no era lo mismo hacerlo de niño que con veinte años y en época de plena Movida madrileña (si a España llega todo con retraso temporal, a Mérida y Extremadura llega más tarde todavía, lo digo porque en 1985 ya se acababa dicha Movida y en Mérida estábamos empezando a escuchar a Radio Futura, Alaska y los Pegamoides y a ver películas de Almodovar) no salía de mi asombro.
Rastro (el significado lo encontré en el libro “El Rastro” de Andrés Trapiello) significa arrastre o mejor dicho, está relacionado con el arrastre de la carne que se hacía en los mataderos que había en la zona baja de donde se hacía el supermegamercadillo de Madrid, cerca de la Puerta de Toledo, bajando la cuesta de Toledo se llega al puente que cruza el río Manzanares y que lleva a Usera (cómo controlo para ser un paleto: antes uno iba a Madrid cada veinte años, ahora se puede ir en tren -sí, extremeño- o autobús e incluso en coche casi cada fin de semana…).
En El Rastro vi mis primeros punkis de verdad con sus crestas de colores, sus chupas de cuero y sus olorosos porros. Y hasta compré unas botas militares de punta de acero. Y libros y cómics. Y una camiseta con una A dentro de un círculo. Y creo que fue cuando me enganché a “la Movida” y a estudiar libros (bueno, más coleccionar que estudiar…) sobre esas historias y de la Transición de la dictadura a la democracia (con todos los matices y consignas que uno quiera generar).
Fue ese año 1985 cuando el grupo musical “Séptimo Sello” sacó su única canción (conocida) titulada “Todos los paletos fuera de Madrid”. Me sentí identificado. A mucha honra. Yo tenía ínfulas de paleto ilustrado, una especie de nacionalismo emeritense (qué cosas: aún recuerdo cuando mi amigo CGP creó el fanzine “Agilando Palantri” en castúo…) que con los años se convirtió un poco en una manera (culta) de defender lo “tuyo” como lugar dónde uno reside habitualmente (las raíces, el arraigo ya tú sabes).
La letra de la canción no vale mucho pero es divertida. Dice así: “Siempre he querido vivir en Madrid. Todos los paletos fuera de Madrid. Subes en un autobús y huele a campo, ¿Quién tiene la culpa? Los paletos. ¿Quién nos ensucia el museo del Prado? Los paletos. ¿Quién tiene la culpa de los atascos? Los paletos. Que se vayan fuera, fuera, fuera, fuera, fuera. Todos los paletos fuera de Madrid.”
Yo sigo yendo a Madrid cada vez que puedo aunque hace tiempo que no piso la capital de España. La última vez, recuerdo que un domingo, mientras C y MJ se iban a patear El Rastro, me dejaron “aparcado” en un bar al principio de los puestos, en la Latina. En una especie de taberna-restaurante asturiano. Se llamaba y llama La Bobia. Ese sitio fue un icono de la Movida madrileña. Algún día contaré lo que allí aconteció.
Por cierto, las oposiciones a cartero no las aprobé y eso que hice muy buen examen (aún recuerdo los tres libros de pastas color rosabarbie en donde estudié el temario) y me acuerdo también, ahora que caigo, de una de las preguntas que no acerté: el código postal de Águilas (Murcia). Lo mismo pequé de paleto.
Fin.












