Hacía cuatro años, desde mi jubilación, que no volvía a Barcelona. Yo trabajaba en una escuela de Badalona en el Barrio de La Salut, y durante el “procés” todos los balcones de sus edificios estuvieron salpicados de banderas españolas. De regreso a mi casa, según cruzaba Barcelona, las banderas eran las esteladas las que poblaban la ciudad. Acción y reacción. Las decisiones tomadas en el “parlament”, el seis y siete de septiembre de 2017, calentaron la Diada y luego, un triste 1 de octubre, inolvidable.
El rebrote del conflicto había comenzado con un pirómano recogiendo firmas contra la reforma del “Estatut de Catalunya”. Su recurso posterior al Tribunal Constitucional, y decenas de maniobras para su desnaturalización, fueron entendidas por el nacionalismo catalán como la madera suficiente para encender la caldera que tanto juego les ha dado a ambas opciones.
Antes, con Zapatero, habían sido tiempos de bonanza: se retiraban las tropas de Irak, se legalizaba el matrimonio homosexual, se implementaba su acierto social con la ley de la dependencia y de la igualdad, hubo una nueva regularización de inmigrantes, se creaban los juzgados para la violencia de género y se daba el proceso de paz de la banda de ETA…
El PP, con su «España se rompe», intentaba encontrar su espacio. También el nacionalismo catalán entendió que la «guerra de banderas» era una oportunidad, sobre todo cuando acuciaba la crisis que anunciaba una revuelta social contra las instituciones y se concluía la implicación corrupta de la familia Pujol, más la de Convergencia durante más de tres décadas con el famoso «tres per cent».
El gobierno de Artur Mas se situaba a la vanguardia, con el soporte del PP, en los tijeretazos que sin complejos se extendían por toda España, dando un giro en el 2012 hacia el independentismo con el argumento sabido de «España nos roba». El día que salió Mas del «parlament» en helicóptero, lo vio claro. A partir de aquí, vuelta al rearme tribal y recuperación de los mitos sobre el maltrato a Cataluña. Y entonces, llegaron los bárbaros con su cántico: ¡A por ellos!
La tensión se sentía en la ciudad. Muchas madrugadas me despertaban los gritos en la calle, cruzada por algaradas que gritaban “in-de-pen-dèn-cia”. A cualquier hora y en cualquier espacio cotidiano, las esteladas arropaban las espaldas de cientos de personas de todas las edades y condiciones. Las plazas eran tomadas por grupos de estudiantes con camisetas, pancartas y cartelería reclamando “llibertat”, “volem botar”, “democracia”, en su camino a la arcadia feliz. Me asombraba la expresividad de aquellos rostros; envueltos en una euforia que les conducía a una felicidad cercana a la levitación. Recordaba los estados pasionales de mi juventud cuando no había límites para las utopías y ensoñaciones.
Todo avanzaba hacia la confrontación. El referéndum anunciado para el 1 de octubre termina en conflicto. Rajoy es un incendiario y los “indepes” siguen sin dar respuestas tangibles a la más que evidente fragmentación social. Ninguno quiere hacer política. Tienen mucho que ocultar del fracaso de sus gobiernos. Después, con otro de Progreso, el suflé bajó.
Las guerras siempre comienzan antes de disparar la primera bala. Los desencuentros se van gestando generación a generación, elaborándose un relato extremo, interesado, mágico, que acaba en consecuencias nefastas. Las élites, de acá y de allá, optan por el tacticismo cortoplacista para afianzar sus correspondientes cuotas de poder. La derecha españolista y la independentista habían conseguido su objetivo: ¡Una guerra de banderas!. El 23 de julio, podemos volver a retomar la linde, si no entendemos que España siempre será diversa.
He vuelto a Barcelona; las esteladas y las banderas españolas han desaparecido de sus calles. Mis amigos me cuentan que si gana PP y VOX, de nuevo se repetirá el conflicto. Valoran la desinflamación en Cataluña que ha trabajado el gobierno actual y saben que el muro de resistencia se hará con su voto de progreso y entendimiento.













Una apreciación muy acertada, con la derecha volveremos al nacionalismo, muchos vivas y mueras para todos, nada más. Las élites cómodamente mirando desde sus terrazas el espectáculo de las banderas, unas y otras. Qué emocionante… ¿no?
Efectivamente, M. Luz. En el nacionalismo de Cataluña ya se frotan las manos ante un posible reforzamiento de la confrontación, aunque hay otros sectores de ERC que ofrecerán su voto al PSC. El espectáculo de las banderas es un chollo para los dos nacionalismos de derechas. Salud