Millón más, millón menos. Qué buenos contables han de ser los encargados de controlar las entradas y salidas de este negocio. Pues no ha de ser tarea fácil contabilizar los nacimientos en localizaciones tan dispares y alejadas. Me los imagino con sus prismáticos, persiguiendo a las cigüeñas desde su pista de despegue parisina hasta cualquier destino, principalmente africano o asiático.
Y es que en cuestiones de parto también hay diferencias sociales, luchas de clases, políticas de hijo único (sí, en masculino singular) y hasta el sistema de castas de la segunda nación en el ranking mundial. España en el trigésimo lugar, optimista me parece el puesto según sondeo el ánimo del personal, cada vez más dispuesto a la acción, pero sin recompensa. Desenfreno no nos falta, pero egoísta y cómodo que, para satisfacer la soledad, con una mascota basta. Hemos perdido el instinto de supervivencia y así nos luce.
Siendo ardua la empresa de las previsiones del “nasciturus” aún más aviesa se me antoja la contraria. En esta primera hay que tener en cuenta los abortos, naturales o legales y algunas otras barbaridades tan de moda últimamente. Pero donde se complica la misión es en el censo de bajas ya que a las que corresponderían por naturaleza y caducidad del envoltorio orgánico hay que sumar las forzadas bien por razones víricas o bélicas.
Es por ello que seguro cuentan con licenciados en economía y todavía me quedo corto. Y les cuento toda esta perorata porque hoy día quince de noviembre de 2022 es el día elegido por la O.N.U. para celebrar (es mucho decir) el logro conseguido.

Ocho mil millones de personas, exactamente ocho mil millones, ni una más ni una menos. Y ya puestos a contar mentiras, ¡tralará!, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, ¡tralará!, determinan que el bebé dominicano Damián es precisamente el habitante exacto que redondea tan icónica cifra.
Ríanse del turista un millón, que conocíamos a mediados del siglo pasado gracias a ese libérrimo noticiario documental español (NODO) dechado de católicas y franquistas virtudes que tan en exclusiva nos informaba de estas y otras importantísimas noticias e inauguraciones fluviales.
Y es que ya sería razón que la Organización de las Naciones Unidas empezara a servir universal e internacionalmente y pusiera en valor su propósito principal. Quizás revisando su ya anacrónica jerarquía y especialmente denigrante escala de valores. Sí al derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las cinco grandes constituyentes me refiero.
Muchas declaraciones grandilocuentes, muchas reuniones en su sede de la primera avenida neoyorkina y como diría un castizo: “mucho lirili y poco lerele”. Que hartura de voceros de lo evidente, charlatanes y vividores, cuanto predictor del pasado y pícaro enchaquetado. Cuánta retórica reiterativa y cuan poca eficacia y eficiencia.
Más nos valdría que se reuniera la Asamblea General de las Naciones Unidas e hiciera cumplir a todos los Estados miembros la Carta de las Naciones Unidas. Bien para conseguir la paz y la seguridad internacionales poniendo en valor la igualdad soberana de los Estados, el cumplimiento de buena fe de las obligaciones contraídas, el arreglo pacífico de las controversias internacionales y la abstención de la amenaza o el uso de la fuerza. Bien para su disolución por inútil.
8.000 millones y subiendo. ¡Qué Dios nos ampare!












