No está mal que cuando un medio de comunicación conmemora su primer aniversario, podamos dar nuestra opinión en estas mismas páginas sobre lo que significa y supone informar y su importancia para un sistema democrático.
Cuando el mundo está en guerra, la información no tiene más valor que infundir ánimo y fortaleza a los combatientes. Se manipula para lograr el objetivo de ganar la guerra. Es el caso de lo que está pasando en estos tiempos en Ucrania y en Rusia. Que nadie espere que los ciudadanos de uno u otro país disfruten de una prensa libre.
Pero, afortunadamente no siempre se está en guerra y son muchos los países que disfrutan de una paz larga y duradera. Así que debemos aceptar que en esas sociedades en paz no tienen sentido la manipulación consciente, por principio y sistemática y, por eso, la libertad de prensa solo puede darse en una sociedad cuando aceptemos que la conciencia de una persona, de cualquier persona, puede llegar por sí mismo a la verdad aunque se equivoque el 90% de las veces.
En situaciones de paz y de democracias consolidadas, se debe admitir que la verdad no es una ciencia, que la verdad es evidente, que los hechos existen. La verdad es una; las opiniones son diversas
Quienes se dedican a informar tienen que aceptar que cualquier ciudadano tiene derecho a conocer lo que ocurre, juzgarlo por sí mismo, equivocarse cuantas veces le dé la gana, y constituirse su verdad y su imagen, con plena libertad, sobre los hechos que conoce.
En mis años de dedicación política e institucional, descubrí que cualquier ser humano es tan imbécil y tan listo como cualquier ser humano. No hay razón alguna para que algunos se crean más listos que los demás y les doren la verdad en pildoritas a otros que creen más idiotas.
Cuando esos elegidos que se creen superiores al resto deciden ejercer de periodistas frente a una masa de lectores a la que consideran imbécil por definición, lo que esos producen no es periodismo sino papanatismo. Ningún periodista, por definición, es más inteligente que quien lo lee. Por lo tanto, si se dedica a manipular la realidad para suplir la supuesta estupidez de sus lectores, no estamos ante un periodista sino ante un papanatas y está colaborando consciente o inconscientemente a una de las formas más sofisticadas de secuestro de la libertad.
Así que ya sabemos que tenemos un nivel medio de inteligencia. La pregunta entonces es: ¿Y de qué informar a los que son tan listos o tan torpes como el informador? Informar objetivamente, debe ser el lema. Pero sabemos por psiquiatras, censores, dictadores, filósofos izquierdistas revolucionarios, estetas, que la información objetiva no existe. ¿Y qué?
Informar objetivamente es una tarea que pretende enterarse del máximo posible de factores relevantes de un acontecimiento y relatarlos todos, de forma que tengan sentido, de forma que constituyan una historia, sin tratar de manipularlos ni de llegar a conclusiones queridas de antemano.
Los periodistas, si lo son, tratan de informar objetivamente. Y como es natural, no lo consiguen, lo que demuestra una vez más la grandeza del ser humano porque puede equivocarse con toda honradez y toda la mejor voluntad del mundo.
La prensa tiene que intentar por todos los medios poner coto a cuantos poderes puedan poner en peligro la libertad de los ciudadanos, informando de todo aquello que afecte al juego sucio de esos poderes. El primero de ellos, el poder del Estado; poder del dinero, poder político, poder sindical…
Informar libremente es informar sobre todo del ejercicio del poder.
Si la prensa cumple esos principios, lo menos importante es saber de quién es, cuáles son sus intenciones, cuál es el pensamiento o la fortuna de sus propietarios. Pero si por el camino se vende, se hace amiga de unos y enemiga de otros, si se decide a defender intereses de grupos o de territorios o de partidos, por encima de sus intereses primarios, esa prensa se ha corrompido y está corrompiendo a la sociedad.












