Lenz es un cirujano que en su trabajo lo admira todo el mundo; luego, de puertas para afuera es un miserable, un sociópata, un machista y un aporófobo (no sé si existe esa palabra).
No es que Lenz odie a los pobres, los ridiculiza. Él pertenece a una élite social por su trabajo: es un fenómeno manejando bisturíes en carnes ajenas. Lenz ha adoptado un pobre. Una vez a una persona sin hogar, hambrienta, se le ocurrió llamar a casa del afamado cirujano pidiendo de comer porque tenía hambre. El excelso médico le dijo que sí, que le daría de comer, pero que esperara un poco. Lenz llamó a su mujer. Le dijo que se bajara la falda y después las bragas. Ella, servicial (así lo cuenta en la novela Tavares) lo hizo. Y delante del mendigo empezó a hacer lo que en Chiquitistán se llama “guarreridas españolas”. Cuando terminó (no “terminaron”: terminó) le dijo al pobre que le cantara el himno de su país. Después de tal doble humillación, le dio de comer y algo de dinero.
El pobre hombre (más que hombre pobre) sumiso, cuando le acuciaba el hambre acudía a casa del famoso cirujano y siempre contemplaba la misma circunstancia, primero sexo crudo y luego, terminaba de cantar, comía, recibía algo de dinero y se iba. Desaparecía de escena. Y ya.
Aporofobia según la R.A.E. Es “Fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. Es fácil de entender, como también lo es comprender que es un sentimiento adquirido, es decir, no es innato, no nacemos con él. En algún sitio o de alguien han aprendido los aporófobos ese asco o miedo.
El del doctor Lenz -un personaje de novela- es un ejemplo concreto de aporofobia, pero hay muchos más y están relacionados siempre con otras muchas palabras afines como pueden ser xenofobia, clasismo, distinción o pertenencia a una clase social concreta, pobreza, desigualdad, intransigencia, chauvinismo o patrioterismo (que no “patriotismo”) que es la creencia irracional en la superioridad o el dominio de un grupo social, hostilidad, discriminación, personas sin hogar, exclusión social, delito de odio, racismo… todas ellas tienen algún componente relacionado con la aporofobia.
Muchas veces da igual que uno (alguien) tenga una actitud cristiana ante la vida, la aporofobia es instintiva. Alguien (uno, varios) nos ha dicho (¿los hechos ayudan? Dirían otros…), quienes son los buenos y quienes son los malos.
Por eso, el ejemplo que puse al principio y en un alarde de demagogia (aquí sentado, delante de mi ordenador no lo iba a poner, pero no me queda otra) digo que alguna culpa tendrá la televisión cuando las cadenas más importantes están horas y horas (no exagero) hablando del rescate de los millonarios (¿si no fueran “millonarios” la percepción sería otra?) perdidos en el fondo del mar (a lo mejor solo es que se les ha estropeado la sonda o el GPS o yo qué sé) cuando un poco más allá o un poco más acá, en el mar, cientos de personas luchan por ponerse a salvo en pateras, cayucos, balsas o como se quiera llamar a esos botes en los que los han soltado a mitad del mar.
Cada persona, con uno, con su vida y su pasado y su futuro y sus miserias a cuestas, pero vete tu a saber, lo mismo no interesa y hasta molesta hablar de ellos: son pobres. Si no lo fueran, vendrían en aviones. O en cruceros. O hasta en submarinos.
Fin.












