Hubo una época en mi vida en que me dio por aprender listas. Aún recuerdo algunas, pero la mayoría las olvidé, viene bien limpiar de tonterías de vez en cuando (resetear) el cerebro.
Aprendí de memoria números de teléfonos, de cuentas bancarias, fechas de cumpleaños de amistades (ahora no hace falta, tenemos -el que tenga- a Facebook que nos avisa), alturas de jugadores de baloncesto, de jugadores de balonmano, de ciclistas, de futbolistas (y en muchos casos edad, altura, peso, veces internacionales, equipos en los que jugó…), el abecedario al revés (z, y, x, w, v, u, t…de esto aún me acuerdo) y más y más.
Entre las extrañezas que también aprendí de memoria está el nombre de los cincuenta Estados de EEUU, el de sus presidentes (yo creo que aún recuerdo casi todos de los veintinueve que han tenido por ahora, curiosamente, todos hombres) y el nombre de muchos de escritores y escritoras de ese país. Escribo otra vez “curiosamente” porque la mayoría de esos nombres de personas que escriben que nos llegan o que me llegan a mí, son de hombres (Algún día me gustaría escribir sobre los orígenes del sesgo machista inconsciente de nuestra sociedad partiendo de la base de que España es -resumiendo mucho- lo que quiera EEUU).
Esto me lleva a otra lista que aprendí de memoria y que no olvidé: la del nombre de los países del planeta cuyo territorio es más grande. Para incentivar la memoria tiene que haber algo que nos llame la atención y que se nos quede. También utilizo juegos de palabras, por ejemplo me acuerdo de un futbolista del Badajoz de los años noventa porque se llamaba Perepadenko y le decían “Perropodenco”).
En este caso me llamó la atención que el segundo país del planeta de mayor tamaño es Canadá. Siendo el primero Rusia que es casi el doble de grande que Canadá. El tercero es China, el cuarto EEUU y el quinto es Brasil y ya no me acuerdo de más, bueno, sí, del séptimo que es la India, el país más poblado del planeta seguido de China y EEUU.
Todo esto que cuento viene a cuento (valga la redundancia) porque ya (y sin generalizar) en 2023 vamos dejando de tener memoria (y no me refiero a democrática o histórica): dejamos todo en manos de internet, o mejor dicho, del teléfono móvil. Todo lo apuntamos ahí, todo lo miramos ahí. Sin el móvil somos menos. O nos creemos menos (aquí no me incluyo porque sigo sin tener teléfono móvil).
Y no tener memoria trae consecuencias nefastas, muchas a corto plazo pero más, muchas más, a largo plazo (qué fácil debe resultar engañar a quién no recuerda, por ejemplo).
Y sí, yo, muchas listas y mucha memoria, pero no he sido nunca capaz de aprender de memoria la lista de la compra.
Fin.












