Era viernes 16 de mayo de 2014, con permiso de la autoridad y sí, el tiempo no lo impidió, se celebraba la octava corrida de la feria de San Isidro en la catedral madrileña, en la plaza de toros de Las Ventas.
Las siete en punto y se iniciaba el paseíllo. Al frente el Fandi, Iván Fandiño y Joselito Adame, precedidos por los caballeros alguacilillos y secundados por sus cuadrillas. Cierran el cortejo muleteros de arrastre y areneros, con sus camisas rojas, puños y cuellos azules, colores de la divisa de Zalduendo. Ganadería propiedad de Fernando Domecq Solís y Beaumont.
Salta al ruedo el primero de Jandilla, de nombre “Capuchino”, nacido el primero de octubre, negro listón, herrado con el número 54 y de 519 kilos de peso. Corrida televisada y yo, acomodado en el burladero por invitación del ganadero y anfitrión, quien se sitúa a mi izquierda, sin que sirva de precedente, y a mi derecha mi ídolo en las mañanas de la radiodifusión española, líder en la COPE tras su paso por Onda Cero.
Máxima expectación al iniciar la tarde taurina, precedida por la tertulia de sobremesa y los recuerdos de los lances que conllevaron la apertura de la primera puerta grande de aquel San Isidro merced a los de Parladé y al arte del maestro de Iván Fandiño.
Seis toros seis, de encaste Domecq, Jandillas y Vegahermosas, Vegahermosas y Jandillas, “tanto monta, monta tanto”. Ambas ganaderías propiedad de Francisco de Borja Domecq Solís y Beaumont (que en Gloria esté junto a sus hermanos Juan Pedro y Fernando) y que pastan en la emeritense finca de “Don Tello” en la orilla izquierda del río Guadiana.

Y como quiera que es tradición, por experiencia y refranero, que no hay quinto malo. Salta al ruedo “Fascinador”, nacido el primero de septiembre, colorado bragado y meano, herrado con el número 15 y de 560 kilos de peso. Magnífico y muy en tipo que dio un gran juego y ayudó sobremanera al triunfo del artista, Iván Fandiño.
Mientras tanto, el otro artista, el situado a mi derecha que se entretenía en galanterías con la bella modelo que sentada en primera fila atendía entre divertida y solícita a los embistes románticos. Sin duda, su privilegiada localidad estaba consiguiendo su cometido, por una parte, ser objeto de atención de las cámaras de la televisión y por otra la agradable cercanía al famoso locutor radiofónico.
Nada me hizo sospechar que, el artista y vecino de acomodo privilegiado, anduviera metido en habilidades con la Agencia Tributaria. Tan sólo me quedó en el recuerdo su mayor atención al graderío que al gris del suelo del ruedo madrileño. Natural en los galanes de mediana edad una vez se divorcian, inmersos en esa segunda soltería frenética y favorecida por la experiencia o la fortuna.
Hoy me desayuno con la noticia de que el Tribunal Supremo sentencia que Carlos Herrera usó una “sociedad pantalla” para jibarizar lo máximo posible e incluso lo imposible sus obligaciones fiscales. El tribunal da la razón a Hacienda y confirma que el locutor se valió de una supuesta empresa para canalizar más de 6,4 millones de euros.
Nueva decepción por parte de uno de los autoproclamados patriotas españoles. Compatriotas de boquilla y miserables a la hora de hacer frente a sus obligaciones con el Estado y con el resto de conciudadanos. ¡Artistas!













