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	<title>Teresa Palma, autor en Diario de Plasencia</title>
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	<title>Teresa Palma, autor en Diario de Plasencia</title>
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		<title>Últimos viajes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Teresa Palma]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Jan 2023 07:49:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Plasencia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La voz metálica de una señorita por los altavoces de la estación, comunicando la hora de la llegada del tren, le alertó. Se estaba tomando un café en la cantina, con un barullo inusual para un día de diario cualquiera, cuando volvió a dar un sorbo mirando al andén. Amanecía afuera y el gentío iba [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span class="dropcap " style="background-color: #ffffff; color: #000000; border-color: #ffffff;">L</span>a voz metálica de una señorita por los altavoces de la estación, comunicando la hora de la llegada del tren, le alertó. Se estaba tomando un café en la cantina, con un barullo inusual para un día de diario cualquiera, cuando volvió a dar un sorbo mirando al andén. Amanecía afuera y el gentío iba y venía con las prisas normales de una jornada laboral más. En la televisión las noticias de esa mañana, eran las mismas que las de la noche anterior, poco había cambiado el mundo en esas horas donde el sueño habita. No hacía frío allí dentro, pero el exterior se desperezaba con una neblina húmeda que calaba hasta los huesos.</p>
<p>Frente a él, una pareja ya entrada en años, desayunaba con cierta parsimonia, con sus rostros cansados y tristes, sin hablarse ni mirarse. En la barra, personajes dispares hablaban con un tono cada vez más alto uniéndose a los ruidos típicos de un bar donde, el tintineo de los vasos, le daba un halo de música oriental. Una joven con una maleta enorme esperaba con impaciencia su café mientras miraba insistentemente su móvil escribiendo algún mensaje a una velocidad vertiginosa. Volvió la vista al andén que, de pronto, se había llenado de gente en modo estático, como en pausa&#8230;. Miró su reloj de pulsera y se tomó el resto del café de un sorbo. Se acomodó el abrigo, cogió el periódico, la maleta y salió al frío andén a esperar la llegada del convoy y, como si de una figura del ajedrez se tratara, se quedó allí parado, entre una pareja joven agarrados de las manos y un señor altísimo, rubísimo y con dos maletones de colores chillones que a pasitos cortos iba ganándose espacio hacia la parte delantera del andén.<br />
Primero, a lo lejos, se divisó la luz y después, un silbido agudo y largo, les alertaba de su llegada. Pero surgió de la niebla como una aparición, con su hocico puntiagudo en rojo y azul, un flamante tren moderno con todas las comodidades. De pronto, como si de una ola se tratara, la gente empezó a moverse con una prisa ridícula, parecía aquello una carrera de maletas, las olimpiadas del viaje…Él se quedó en su sitio hasta que el tren paró, no sin antes haber sido arrollado por la maleta de una mujer que con una breve sonrisa intentaba disculparse. Sacó su billete y empezó a buscar el número del coche tranquilamente. Las puertas se abrieron y aquel dragón brillante empezó a engullir uno a uno a todos los pasajeros.</p>
<p>Su asiento, de ventanilla, estaba en una de las puntas del vagón, cerca del baño y de la puerta de salida. Se quitó el abrigo que dobló con esmero y colocó su pequeña maleta en la bandeja de la parte superior. Sacó el móvil que puso en modo avión, una botellita de agua y se sentó, abriendo el periódico para seguir leyendo el artículo que había dejado a medias en la cantina. En el vagón aún quedaban muchos asientos libres y seguían entrando personas cargadas de maletas y bolsos que llegaban con el tiempo justo, entorpeciéndose unos a otros, formando un batiburrillo de equipajes en medio del pasillo mientras buscaban sus asientos.</p>
<p>Faltaban apenas unos minutos para que aquel dragón tuviera la panza llena y empezara su viaje. Se cerraron las puertas y se hizo el silencio. Y a partir de ahí, todo se convirtió en un susurro común, las voces callaron y aquellas personas que habían entrado con un griterío infernal parecieron, de pronto, desaparecer. Él lo agradeció con toda su alma, bastante había tenido ya esa semana como para tener que viajar como si estuviera en un bar de mala muerte.</p>
<p>Dejó por un momento el periódico a un lado y mientras el tren se ponía en marcha, su mirada se perdía en el horizonte y su pensamiento en la última imagen de la mujer de su vida. Toda su tristeza ya la había consumido en los últimos meses de su enfermedad y ahora la resignación por su pérdida era lo único que le quedaba. El último trago había sido dejar parte de sus cenizas en el panteón de sus padres y esparcir la otra parte en el mar…</p>
<p>Aquella mañana, desde lo alto de la sima de la casa de verano se despidió de ella vertiendo sus últimas lágrimas, saladas como aquel mar que tenía enfrente. Empezó a traquetear el tren y volvió a su presente como si alguien le hubiera dado un manotazo. Abrió el periódico y siguió leyendo,”Encuentran el cadáver de un hombre momificado en su cama. Parece ser que llevaba muerto tres años. Nadie lo había echado de menos”…</p>
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		<title>El encuentro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Teresa Palma]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 17 Nov 2022 08:57:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La música sonaba en su teléfono móvil. Quería creer que el tiempo no era tan malversador de sentimientos y recuerdos como siempre le habían hecho creer. Sentada frente al ordenador y con un tiempo gris y ceniciento, sólo quedaba el recuerdo y la espera. Se descomponía esa tarde en notas sostenidas, en arpegios lentos y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span class="dropcap " style="background-color: #ffffff; color: #000000; border-color: #ffffff;">L</span>a música sonaba en su teléfono móvil. Quería creer que el tiempo no era tan malversador de sentimientos y recuerdos como siempre le habían hecho creer. Sentada frente al ordenador y con un tiempo gris y ceniciento, sólo quedaba el recuerdo y la espera.</p>
<p>Se descomponía esa tarde en notas sostenidas, en arpegios lentos y así, junto con el sonido dulce de la lluvia, se componía, sin darse cuenta, una melodía digna del milagro de la naturaleza. La lucha intestina que existía en aquel interior asolado por el silencio y el olvido, era una batalla que se libraba a trompicones entre la nostalgia de la edad que tenía y la algarabía digna de los años inocentes de la adolescencia. Si se paraba detenidamente a pensar y se le ocurría, por instante, mirar de reojo los años que ya pasaron, un vértigo maquiavélico le invadía, de tal forma, que desaparecía de esa realidad y se encontraba de nuevo subida a la cuerda de un funambulista temerario que se paseaba en equilibrio perpetuo sin arneses ni red salva vidas…En ese momento, temblaba con un miedo atroz, con un desasosiego poderoso que le hacía verter mares, hasta que vencida y cansada hacía un “resert” en su cabeza volviendo a la vida como un recién nacido que es expulsado a fuerza de fórceps por unas manos poderosas y firmes.<br />
Las notas musicales que le acompañaban, sosegaban su alma, templaban su corazón y, quizá la curaran sin darse cuenta, agarrándose a ellas como la manita de un niño se agarra fuerte a la de sus padres. Lo sabía, sabía que había cosas más importantes. Seguro que había cien mil razones para seguir, o resurgir, pero en ese día otoñal, cálido y lluvioso su alma se descomponía en música…y la música, como una alfombra mágica de algún cuento oriental la llevaba en volandas hasta aquel momento…<br />
Recostada en su silla de director cerraba sus ojos volviendo a la hora en que se vieron. Aquel paseo por las amplias avenidas y los parques, ahora menos verdes y más marrones, mientras la ciudad se desperezaba perezosa tras un día de fiesta, fue uno de esos regalos que llegaban como una dulce sorpresa cuando algún astro se alinea con otro, o simplemente porque las ganas pesaban más que lo que pesaba el propio destino&#8230;. No recordaba cuánto tiempo anduvieron juntos, sólo sabía que el tiempo era mordaz y relativo, y que pasaba demasiado rápido cuando una no quiere que pase. Reconocía que las mariposas no dejaron de jugar en su estómago aunque ella intentaba mantener el tipo, mientras se hacía la indiferente, sin prisas. Tal vez él se diera cuenta, pero ella, en su naturalidad, quería pensar que las ansias no se le notaban.</p>
<p>Ella hablaba poco y escuchaba con atención sus disertaciones sobre el mundo, la vida y lo cotidiano, mirando al cielo azul cubierto de unas nubes grisáceas cuando alzaba la vista y le miraba a los ojos, intentando seguir el ritmo de sus pasos con una sonrisa perpetua, una sonrisa que aún no le había abandonado y pensaba, con una triste alegría, que también el alma se alimenta de esos momentos mágicos en los que la protagonista era ella.<br />
Se había hecho de noche sin darse cuenta. Afuera las luces ya se habían encendido y en el horizonte no se podía vislumbrar las casas más lejanas. La música había parado y se dio cuenta de que en el teléfono había mensajes sin leer. Volvió la sonrisa a su rostro cuando abrió el mensaje y leyó: “Espero que estés bien y que no tardemos en vernos. Me gustó compartir contigo aquel paseo y parece de locos pero te extraño…”</p>
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		<title>Rumbo a la esperanza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Teresa Palma]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 25 Aug 2022 07:29:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>13 de marzo del año en curso y aquí sentada en la cubierta del barco el horizonte se vislumbra en calma, pero es el horizonte del mar, no el de mi interior que mantiene una lucha intestina entre mi corazón y mi cabeza. Este diario en el que he decidido dejar constancia de mi viaje, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span class="dropcap " style="background-color: #ffffff; color: #000000; border-color: #ffffff;">13</span> de marzo del año en curso y aquí sentada en la cubierta del barco el horizonte se vislumbra en calma, pero es el horizonte del mar, no el de mi interior que mantiene una lucha intestina entre mi corazón y mi cabeza. Este diario en el que he decidido dejar constancia de mi viaje, sólo tendrá sentido si tiene un final cerrado sin importar si ese final es bueno o malo. Pienso en mi casa, ahora parte de mi pasado y en manos de unos desconocidos, en los campos de cultivos arrasados por la guerra, en mis caballos muertos, en la familia y en los amigos desaparecidos… y en esta orfandad que me aprisiona con un vértigo latente, todo lo que hay por delante pierde su sentido.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya no lloro, es imposible que un ser humano tenga lágrimas infinitas, pero a veces, siento la presión del dolor como una mano misteriosa apretando mi corazón y llevándose mi aliento, me cuesta respirar, mis pupilas se dilatan y sudo…es el miedo que vuelve de repente y me trae imágenes feroces de lo que el ser humano es capaz de hacer, un sinsentido al que no logro encontrar otra explicación si no el puro egoísmo y las ganas de un poder enfermizo. Así son las guerras, así la destrucción…</p>
<p style="text-align: justify;">Respiro hondo el aire salado del mar mientras el barco surca sus aguas azules oscuras, formando en la proa una pequeña ola de espuma, y se intuyen grandes peces a estribor y a babor. Por la cubierta hay gente disfrutando de la tranquilidad de un mar benévolo, en calma, con un cielo de un intenso color azul claro y un sol que apetece mirar y dejar que te caliente pues, aunque apenas hay viento en esta mañana invernal, el frío húmedo del exterior penetra a través de la ropa hasta incrustarse en los huesos.</p>
<p style="text-align: justify;">Observo a las personas que deambulan por la cubierta con sus rostros inexpresivos, caminando despacio, dirigiendo sus miradas al infinito, allí donde se confunde mar y cielo, la línea de un horizonte casi inexistente, y vuelvo a mi cuaderno para intentar plasmar cada sentimiento que me provoca esta estampa. El lloro de un niño me sobresalta, es el lloro agónico o rabioso de un bebé que me eriza la piel y trae de pronto hasta mí, recuerdos que, como una bomba, explotan en mi cabeza. Qué bueno sería perder la memoria, olvidar…que se esfumaran como el humo todos esos momentos dolorosos que nos hacen frenar en seco la vida…Mi mano tiembla al compás del llanto y de repente, la calma de nuevo, el silencio interrumpido por el murmullo del mar que corta el barco en dos.</p>
<p style="text-align: justify;">En mi reloj de pulsera las horas van pasando aunque aquí, en medio de la nada, pareciera que el tiempo se ha detenido, solo la campana que anuncia la hora de comer nos mueve con la premura que el hambre empieza a golpear nuestros ya vacíos estómagos. He mirado a los ojos de los hombres y mujeres que abarrotan el barco y solo he visto dolor, tristeza, pena, rabia, vacío…y me reflejo en ellos con los mismos sentimientos intentando no caer en la desesperación, pero al llegar la noche vuelven los fantasmas a atosigarme con sus recuerdos, a ahogarme con sus gritos, a demoler mis ya marchitas esperanzas de volver a ser la que un día fui…</p>
<p style="text-align: justify;">La tarde va cayendo fría y el cielo se llena de nubes inmensas, algunas de caprichosas formas en tonos rojizos mientras el sol, grandioso y anaranjado se va despidiendo de nosotros en el horizonte. Para mí este atardecer tiene toda la poesía del mundo, para los demás, es simplemente el final de un día más en sus tristes vidas. Aquí sentada, con la mirada puesta en un infinito de aguas calmadas, hago balance de los días que van pasando, rememoro mi pasado intentando guardar en mi corazón todo aquello que pueda salvarme de la oscuridad de una pena tan inmensa como este mar en el que navego con rumbo a lo desconocido…</p>
<p style="text-align: justify;">La noche llega deprisa y en el barco la gente ha ido desapareciendo. Hay quien podrá dormir en un camarote abarrotado, y algunos hombres se acurrucan en gruesas mantas en cubierta, calándose hasta las orejas sus ajados gorros de lana, y en sus sueños, en los de todos, la misma ilusión, una nueva vida lejos del lugar que les vio nacer…</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="/rumbo-a-la-esperanza/">Rumbo a la esperanza</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="/">Diario de Plasencia</a>.</p>
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