La música sonaba en su teléfono móvil. Quería creer que el tiempo no era tan malversador de sentimientos y recuerdos como siempre le habían hecho creer. Sentada frente al ordenador y con un tiempo gris y ceniciento, sólo quedaba el recuerdo y la espera.
Se descomponía esa tarde en notas sostenidas, en arpegios lentos y así, junto con el sonido dulce de la lluvia, se componía, sin darse cuenta, una melodía digna del milagro de la naturaleza. La lucha intestina que existía en aquel interior asolado por el silencio y el olvido, era una batalla que se libraba a trompicones entre la nostalgia de la edad que tenía y la algarabía digna de los años inocentes de la adolescencia. Si se paraba detenidamente a pensar y se le ocurría, por instante, mirar de reojo los años que ya pasaron, un vértigo maquiavélico le invadía, de tal forma, que desaparecía de esa realidad y se encontraba de nuevo subida a la cuerda de un funambulista temerario que se paseaba en equilibrio perpetuo sin arneses ni red salva vidas…En ese momento, temblaba con un miedo atroz, con un desasosiego poderoso que le hacía verter mares, hasta que vencida y cansada hacía un “resert” en su cabeza volviendo a la vida como un recién nacido que es expulsado a fuerza de fórceps por unas manos poderosas y firmes.
Las notas musicales que le acompañaban, sosegaban su alma, templaban su corazón y, quizá la curaran sin darse cuenta, agarrándose a ellas como la manita de un niño se agarra fuerte a la de sus padres. Lo sabía, sabía que había cosas más importantes. Seguro que había cien mil razones para seguir, o resurgir, pero en ese día otoñal, cálido y lluvioso su alma se descomponía en música…y la música, como una alfombra mágica de algún cuento oriental la llevaba en volandas hasta aquel momento…
Recostada en su silla de director cerraba sus ojos volviendo a la hora en que se vieron. Aquel paseo por las amplias avenidas y los parques, ahora menos verdes y más marrones, mientras la ciudad se desperezaba perezosa tras un día de fiesta, fue uno de esos regalos que llegaban como una dulce sorpresa cuando algún astro se alinea con otro, o simplemente porque las ganas pesaban más que lo que pesaba el propio destino…. No recordaba cuánto tiempo anduvieron juntos, sólo sabía que el tiempo era mordaz y relativo, y que pasaba demasiado rápido cuando una no quiere que pase. Reconocía que las mariposas no dejaron de jugar en su estómago aunque ella intentaba mantener el tipo, mientras se hacía la indiferente, sin prisas. Tal vez él se diera cuenta, pero ella, en su naturalidad, quería pensar que las ansias no se le notaban.
Ella hablaba poco y escuchaba con atención sus disertaciones sobre el mundo, la vida y lo cotidiano, mirando al cielo azul cubierto de unas nubes grisáceas cuando alzaba la vista y le miraba a los ojos, intentando seguir el ritmo de sus pasos con una sonrisa perpetua, una sonrisa que aún no le había abandonado y pensaba, con una triste alegría, que también el alma se alimenta de esos momentos mágicos en los que la protagonista era ella.
Se había hecho de noche sin darse cuenta. Afuera las luces ya se habían encendido y en el horizonte no se podía vislumbrar las casas más lejanas. La música había parado y se dio cuenta de que en el teléfono había mensajes sin leer. Volvió la sonrisa a su rostro cuando abrió el mensaje y leyó: “Espero que estés bien y que no tardemos en vernos. Me gustó compartir contigo aquel paseo y parece de locos pero te extraño…”













Escribes muy bien. 👏👏👏