13 de marzo del año en curso y aquí sentada en la cubierta del barco el horizonte se vislumbra en calma, pero es el horizonte del mar, no el de mi interior que mantiene una lucha intestina entre mi corazón y mi cabeza. Este diario en el que he decidido dejar constancia de mi viaje, sólo tendrá sentido si tiene un final cerrado sin importar si ese final es bueno o malo. Pienso en mi casa, ahora parte de mi pasado y en manos de unos desconocidos, en los campos de cultivos arrasados por la guerra, en mis caballos muertos, en la familia y en los amigos desaparecidos… y en esta orfandad que me aprisiona con un vértigo latente, todo lo que hay por delante pierde su sentido.
Ya no lloro, es imposible que un ser humano tenga lágrimas infinitas, pero a veces, siento la presión del dolor como una mano misteriosa apretando mi corazón y llevándose mi aliento, me cuesta respirar, mis pupilas se dilatan y sudo…es el miedo que vuelve de repente y me trae imágenes feroces de lo que el ser humano es capaz de hacer, un sinsentido al que no logro encontrar otra explicación si no el puro egoísmo y las ganas de un poder enfermizo. Así son las guerras, así la destrucción…
Respiro hondo el aire salado del mar mientras el barco surca sus aguas azules oscuras, formando en la proa una pequeña ola de espuma, y se intuyen grandes peces a estribor y a babor. Por la cubierta hay gente disfrutando de la tranquilidad de un mar benévolo, en calma, con un cielo de un intenso color azul claro y un sol que apetece mirar y dejar que te caliente pues, aunque apenas hay viento en esta mañana invernal, el frío húmedo del exterior penetra a través de la ropa hasta incrustarse en los huesos.
Observo a las personas que deambulan por la cubierta con sus rostros inexpresivos, caminando despacio, dirigiendo sus miradas al infinito, allí donde se confunde mar y cielo, la línea de un horizonte casi inexistente, y vuelvo a mi cuaderno para intentar plasmar cada sentimiento que me provoca esta estampa. El lloro de un niño me sobresalta, es el lloro agónico o rabioso de un bebé que me eriza la piel y trae de pronto hasta mí, recuerdos que, como una bomba, explotan en mi cabeza. Qué bueno sería perder la memoria, olvidar…que se esfumaran como el humo todos esos momentos dolorosos que nos hacen frenar en seco la vida…Mi mano tiembla al compás del llanto y de repente, la calma de nuevo, el silencio interrumpido por el murmullo del mar que corta el barco en dos.
En mi reloj de pulsera las horas van pasando aunque aquí, en medio de la nada, pareciera que el tiempo se ha detenido, solo la campana que anuncia la hora de comer nos mueve con la premura que el hambre empieza a golpear nuestros ya vacíos estómagos. He mirado a los ojos de los hombres y mujeres que abarrotan el barco y solo he visto dolor, tristeza, pena, rabia, vacío…y me reflejo en ellos con los mismos sentimientos intentando no caer en la desesperación, pero al llegar la noche vuelven los fantasmas a atosigarme con sus recuerdos, a ahogarme con sus gritos, a demoler mis ya marchitas esperanzas de volver a ser la que un día fui…
La tarde va cayendo fría y el cielo se llena de nubes inmensas, algunas de caprichosas formas en tonos rojizos mientras el sol, grandioso y anaranjado se va despidiendo de nosotros en el horizonte. Para mí este atardecer tiene toda la poesía del mundo, para los demás, es simplemente el final de un día más en sus tristes vidas. Aquí sentada, con la mirada puesta en un infinito de aguas calmadas, hago balance de los días que van pasando, rememoro mi pasado intentando guardar en mi corazón todo aquello que pueda salvarme de la oscuridad de una pena tan inmensa como este mar en el que navego con rumbo a lo desconocido…
La noche llega deprisa y en el barco la gente ha ido desapareciendo. Hay quien podrá dormir en un camarote abarrotado, y algunos hombres se acurrucan en gruesas mantas en cubierta, calándose hasta las orejas sus ajados gorros de lana, y en sus sueños, en los de todos, la misma ilusión, una nueva vida lejos del lugar que les vio nacer…












