Cuando escribo bote de Colón no me refiero a la carabela capitana llamada “Santa María” (¡Santa María, qué pinta tiene la niña!), propiedad de Juan de la Cosa, carabela que llevó el capitán general Cristóbal Colón en su primer viaje a América, allá dónde descubrió por casualidad un viejo nuevo mundo.
Tampoco, cuando digo bote de Colón, estoy hablando de la canción de 1981 (42 años hace) de Alaska y Los Pegamoides titulada “Bote de Colón” de letra escueta y sublime (es un decir) en la que Olvido Gara alias “Alaska” (de jamón) cantaba:
“Quiero ser un bote de Colón y salir anunciado por la televisión, qué satisfacción ser un bote de Colón”.
Cuando nombro al bote de Colón tampoco me refiero al payaso de Micolor, a “Elena” con escamas antimanchas de jabón natural, a “Ariel” que lava más blanco, al pelado al cero “Don Limpio”, al zorro con gafas y bata blanca de “Dixan”, al sin frotar limpieza total de “Wipp Exprés” que me parece que era un tren furioso y potente, a “Tenn” el del mayordomo de el algodón no engaña, al osito de “Mimosín”, ni a ningún otro detergente en polvo, líquido, granulado o en verso que servía para sacar las manchas más manchadas, recónditas, mezquinas, roñosas y cicateras y enervantes.
Si insisto en el bote de Colón, me refiero al bote de Colón, al que yo tenía de pequeño para guardar mis cosas. ¿Quién no ha tenido alguna vez en su casa un bote de Colón como el que salía en televisión?
Un tambor de cinco kilos de detergente en polvo blanco con motas azuladas. Un bote que medía cincuenta centímetros, de cartón duro, irrompible, con una tapadera aplastada, de color blanco con círculos azules de distintas tonalidades y que en letra grande y roja ponía “Colón bio, 5 kg”. Y como sello de calidad: “Garantía anti-calcáreo. Alta protección”.
En familias como la mía en dónde éramos cinco hermanos, tres de los cuales jugábamos al fútbol y ensuciábamos ropa día sí y día también, un bote de esos no creo que durara más de un par de semanas. Y la ropa se lavaba a mano, en una panera.
Cuando un bote de Colón se gastaba lo utilizábamos de almacén. Allí guardábamos bolindres (canicas), estampas (cromos) de coches y de fútbol de la editorial Panini, cuerdas de repiones, trozos de piezas del Exín Castillo, alguna pierna o cabeza intonsa de la Nancy de mi hermana, piedras planas para jugar a que ganaba el que más cerca llegaba a la pared tirando desde fuera de la acera, trozos de cristal con una parte opaca que usábamos para quemar hormigas ayudados por los rayos de sol, soldados en miniatura de color caqui, de pie o en posición de combate, alguna taba, cartas “de la cuatrola” desgastadas por el uso, un trozo reseco y duro de regaliz redondo, negro, con un caramelo en el medio, los cromos con los que envolvían los chicles Niña, el afilalápices que faltaba en el estuche del cole, el sombrero de un airganmboys que si conseguías quitarlo de la cabeza del muñeco le dejabas un hueco por cerebro, o pegado en una de las paredes del bote de Colón, un trozo de blandiblú de color verde viscoso.
Lo que peor le sentaba a nuestras madres era que siempre que queríamos jugar con algo del bote de Colón, estaba en el fondo del todo por lo que teníamos que voltear el contenido del bote y desparramar todo su interior en mitad del salón, contenido que luego siempre se nos “olvidaba” recoger…
Aún me acuerdo del olor entre químico, tóxico y virulento que tenía el bote de Colón aunque estuviera vacío, que para mí es sinónimo de limpio y de que todo iba bien.
Los botes de colón, se venden actualmente en subasta para decoración retro vintage a partir de cinco euros (casi mil de las antiguas pesetas, quién lo diría) cuando en aquella época, hace cuarenta y tantos años no llegaría ni a las 25 pesetas.
Claro que no se podía comparar el bote de “Colón” con el tambor de “Luzil” o el descolorido e insulso de “Ariel”. Ya sabe: busque, compare y si encuentra algo mejor, ¡cómprelo!












