En una de las extrañas (kafkianas, dicen) novelas de Gonçalo M. Tavares, uno de los protagonistas, un singular personaje, colecciona algo que el autor del libro, para mantener la intriga, no lo cuenta hasta casi el final. A uno no le queda más remedio que seguir leyendo.
El personaje de la novela no colecciona cráneos de animales o de personas (tiene hasta uno de un hombre maya) como el pintor mallorquín Miquel Barceló que luego aparecen en algunos de sus cuadros.
Ni llega al nivel del pintor Luis Feito (que falleció por Covid en 2021, creo) que atesoraba desde máscaras africanas de Costa de Marfil hasta pinceles orientales, budas, collares enormes o unas esculturas misteriosas talladas en madera llamadas kachinas que son una especie de símbolos religiosos de tribus indias americanas.
Lo de Luis Feito era tan obsesivo (¿Dónde metería tanto material?) que decía que él no era coleccionista sino acaparador.
Todo es susceptible de coleccionar. Yo, sin ir más lejos, colecciono, aparte de libros -tengo unos diez mil más o menos-, tarjetas de visitas que al menos ocupan poco espacio.
Amontonar, almacenar, acumular por colores, tamaño, materiales, formas…: sellos, búhos, dedales, cromos, monedas y billetes, tazas, zapatos, cochazos (aunque sea en miniatura), latas y botellas de cerveza, postales, discos de vinilo, camisetas, cupones de la once caducados (y sin premio, claro), antigüedades, tubos con arena de playa, piedras, todo lo que uno encuentra sobre Tintín, el Principito, Star War, Star Trek, Harry Potter, entradas de conciertos, crucifijos, rosarios, relicarios, bolígrafos o plumas, dvds, perfumes, gafas, ropa (interior o no), máquinas de escribir, guitarras, autógrafos de famosos, juguetes Lego, de Nintendo, dientes de tiburón, tréboles de cuatro hojas, hasta seguro que existe alguien que colecciona recortes de uñas, teléfonos móviles viejos, botafumeiros, caspa de ñu o pelos de su propia persona, vete tú a saber.
Y yo me pregunto ¿Por qué y para qué coleccionamos? Ha de haber ahí una buena mezcla de componentes psíquicos, antropológicos, maniáticos, obsesivos y culturales y que, según mi opinión, nos acercan al miedo a morir, mejor dicho, nos alejan, todo para que, luego, nuestros hijos lo tiren, vendan o regalen. Vaya usted a saber.
Por cierto, lo que coleccionaba el anómalo y extraño personaje de la novela de Gonçalo M. Tavares y que le hacía parecer un tipo trastornado y asocial porque su obsesión era conseguir más material para su colección y -siempre vigilante, ya ni siquiera hablaba con sus semejantes-, eran piezas metálicas de menos de diez centímetros.
Trabajaba en una fábrica en la que empezó a esconder para luego llevarse a casa, trozos metálicos que iban desde una rodamiento hasta un trozo de una llave o la hebilla de un pantalón.
Obsesionado, las piezas las tenía ordenadas en una habitación destinada solo y exclusivamente a sus fragmentos de metal, además, llevaba una libreta donde anotaba cuánto media cada elemento de su colección, el peso, dónde la había encontrado y de dónde la había sacado.
Y es que, como dijo no sé quién, hasta para coleccionar, hay gente pa tó.
Fin.












