Lo bueno y bonito de la vida es que está llena de contrastes. En eso consiste la existencia: en discrepar, variar, en verificar las diferencias y analizar los motivos de las disparidades entre personas. Eso es lo que nos hace mejores. Cada cual según sus circunstancias, aporta a la sociedad -diríamos que- lo que le sale de dentro. Esta es la teoría. En la práctica nadie escucha a nadie. Cuando uno habla, lo hace para sí mismo. Sin pensar. Sin contrastar o razonar.
Andaba con un divertido e irreverente libro de José Luis Moreno-Ruiz cuando para descansar me metí de lleno en internet. Enseguida encontré a una persona diciendo que las feministas (¿todas?) quieren legalizar la pedofilia. No escribió “pederastia” sino “pedofilia”. Imagino que sabrá que la pedofilia está considerada como un trastorno psiquiátrico en el que el afectado tiene excitación o placer sexual a través de actividades o fantasías sexuales con niños.
Por las otras frases que escribe esa persona lo que intenta es remarcar ciertas ideas antifeministas de las que se deduce que no hay quién la saqué de ahí: en cuanto lea el libro que escribió Umberto Eco titulado “Apocalípticos e integrados”, me enteraré si esa persona que dice que hay otras que están a favor de una ley que ayude a los pedófilos, sabré a qué parte del mundo pertenece (como si me importara mucho). Y es que uno puede levantarse un día apocalíptico, pero ser un integrado más. Da la sensación de que la vida humana no ha cambiado mucho en todos esos años (Umberto Eco escribió el libro hace casi sesenta años).
Hay personas que escriben lo primero que se les ocurre, sin contrastar. Sin escuchar. Sin leer las diferentes versiones de la cuestión. Sin matizar. A palo seco. Quiero decir con ello que se escribe sin pensar y sin analizar: digo lo que quiero decir y punto
Y al final, en realidad lo que hacemos es imitar. O imitar el imitar como dijo Umberto Eco que hace la masa.
E imitamos lo fácil: lo que nos llega repetido mil veces -ahora- por las redes sociales o por las cadenas de televisión (según el “rango de edad”).
De ahí la importancia de saber contrastar, de tener cierto criterio. Sin darnos cuenta parece que nuestra vida (sin generalizar ni señalar) deja de ser nuestra: alguien o algo piensa por nosotros que carentes de personalidad “lectora” nos dejamos llevar. Nos indignamos hasta la máxima potencia (sin ni siquiera imaginar cómo hemos llegado a ponernos así).
Con las anteojeras cada vez más apretadas, se nos estrecha la visión de la vida (con lo amplia, diversa y llena de belleza que está) y cada vez contrastamos menos, y sí, discrepamos, pero cada vez con argumentos menos enjundiosos, más bruscos y menos pensados, lo cual degrada la convivencia. Por ejemplo.
Todo esto (sin generalizar, insisto) porque estamos convencidos de que nadie nos hará cambiar de opinión de tan profundas como son nuestras vacuas (vacías, pueriles, a veces casi infantiles) convicciones.
Y eso que estoy seguro de que todo el mundo -el que está a favor de una ley a favor de la pedofilia también- cada vez que escribe, dice o piensa algo (sea del calibre que sea, contrastado o no) se pregunta: “¿Es esto lo que yo quería ser de mayor?”.
Fin.












