Termino con este artículo de hoy la serie dedicada a Suecia. Aún habiendo sido advertido, belleza sorprendente en lugares y personas educadas hasta lo máximo, incluido compartir aseos con el otro sexo, lo que refleja el alto nivel cívico de unas y otros.
Me centro en su capacidad de reciclaje, hasta el extremo de hacer un museo con el material recuperado. Me refiero al Museo Vasa, que alberga el barco de madera del mismo nombre, rescatado y adecentado para la ocasión. Curiosa forma de turismo cultural visitando la nave del siglo XVII que naufragó el domingo 10 de agosto de 1628.

Menos de un kilómetro entre su real botadura y su naufragio, lo que ahonda mi teoría de que los enchufes no sirven ni para rey. ¿Pero qué anacronismo es ése de que alguien tenga la vida regalada por la “Gracia Divina” y ser hijo de su padre?
Pues fue el monarca quien se atribuyó las funciones del difunto naviero y primó la ostentación al índice de flotabilidad. El resultado era matemáticamente previsible y evidente, barco al fondo y la marinería en remojo, por obra y gracia del monarca. Todavía culpó al capitán del navío por su falta de destreza ante el leve viento reinante.
El Vasa naufragó en su viaje inaugural y se rescató el 24 de abril de 1961. Tras su conversión en barco museo, se puede visitar en el museo homónimo en la isla de Djurgarden en Estocolmo. Era uno de los navíos de guerra más potentes de la época y el orgullo del “inteligente” rey Gustavo Adolfo II.
Su estructura se construyó con más de mil robles especialmente escogidos para tal fin, su peso era de 1.200 toneladas, tenía 69 metros de eslora, casi doce de manga y más de 1.200 metros cuadrados de velamen. Visita obligada y curiosa que por sí misma bien merece el viaje.
Ya podríamos aprender y recuperar el “barco del arroz” que todavía contamina la desembocadura del Guadalquivir. Esto conlleva el impacto visual de la bonita vista del Parque Nacional de Doñana desde la orilla izquierda gaditana. Gracias a que los sanluqueños se lo toman a guasa y apenas le prestan atención cuando te atienden en sus palcos, tras las afamadas carreras de caballos en la playa.

Por mí continuaría, pero mi editor me apremia e incluso ha llegado a insinuar que recibo alguna comisión o corretaje por parte de “Occident”, que más quisiera, que por algo soy corredor y sobrevivo gracias a mi trabajo y al de mi esposa que, más inteligente, es funcionaria.
Ya desde nuestra querida e inigualable España, mi más sincero agradecimiento a Julián Herrera y a María del Carmen Blanco, junto a Jesús Navarro y Pablo Sampedro, en nombre y representación de los anfitriones. A los mejores corredores de la zona norte: los cántabros Benito y Lauri, las dos Cármenes, madre e hija, encantos de personas ambas y a las últimas incorporaciones las jóvenes Leti y Tania.
En la zona este: el verdadero “Dream Team” conformado por Pedro, muy de Orihuela, buscador de tesoros y Espe, su tesoro más preciado. Las simpáticas Rocío y Emilia, murcianas salerosas. El buen conversador José Manuel y su esposa de bonito nombre: María Reyes. El siempre sonriente y amable Rufino con Ana, divertida y rápida como pocas.
Mis madrileños preferidos a partir de ahora, Juan y “Melani”, ¡perdón! María Jesús, y los catalanes Pilar y mi tocayo, grande por fuera y por dentro, y la simpática Silvia y José Antonio, con los que tuve el honor de conversar en su bonita lengua vernácula.
Recuerdos también para los manchegos Susana y Juan Carlos. Y qué decir de los andaluces: ¡Oh capitán, mi capitán! y su inseparable María Jesús, bondad infinita. Punto y aparte, mis jerezanas preferidas, Mónica y Mercedes, serias y divertidas que ambas cosas son compatibles y hoy en día se me antoja que casi obligado.

Permítanme dedicarle la serie a la mujer de mi vida y animadora sociocultural de mi persona, de no ser por ella no me hubiera atrevido a embarcar en tan maravilloso viaje. Un beso a todos.












