De lo que más echo en falta en mi actual estado temporal de movilidad reducida es visitar Madrid. Y en Madrid, la Cuesta de Moyano. Es lo primero en lo que pienso nada más llegar en tren a Atocha: en los doscientos metros de cuesta y en inspeccionar las casetas y las mesas atiborradas de libros.
Nada más llegar al apeadero del tren procedente de Extremadura, uno tiene que subir unas escaleras mecánicas siempre atiborradas de viajeros que suben y bajan, luego, torcer a la izquierda, pasar por el torniquete o como se llame la barrera de acceso y salida y enseguida se ve la puerta principal de la estación. Cuando uno pisa la rampa el ruido ya te dice que estás en Madrid.
Si es la primera vez que ves Madrid desde Atocha impresiona la monstruosidad. Todo es grande -y más si vienes de un pueblo como el que se inspiraron unos artistas para cantar aquello de todos los paletos fuera de Madrid- el tráfico, la algarabía, la rapidez con la que camina la gente.
Si uno ya conoce el asunto, sabrá que detrás de la rotonda de Atocha (Plaza del Emperador Carlos V), siempre llena de coches, está el famoso bar el Brillante, el de los bocadillos de calamares más famoso del mundo. Y detrás, el museo Reina Sofía y una calle un tanto escondida que si la sigues acabas en Lavapiés. Y que a la derecha hay una calle Ancha, interminable que si la sigues y no te paras mucho en los cientos de comercios y negocios regentados por chinos y en otros sitios reseñables (paseando en Google Earth uno puede disfrutar de lo que ve), en una hora te plantas en la Plaza Mayor. Y a la derecha, ahí es donde yo quería parar: la Cuesta de Moyano.
Traigo a colación este sitio porque me he enterado de que ayer falleció a los 89 años, Alfonso Ruidavets, el único de los libreros reconocibles. O que yo reconocía. Lo recuerdo siempre sentado, serio y con su guardapolvos azul marino, que parece ser fue el reglamentario hace años y que, que yo sepa, era él (que regentaba la caseta número 15 -casi a mitad de la Cuesta- de las 30 que ocupan los doscientos metros de la Cuesta) el único que aún se lo seguía poniendo.
Arriba de la Cuesta, detrás de la estatua a Pío Baroja, está la cola del Retiro y cerca el Jardín Botánico. Y más allá el Prado, el Paseo de Recoletos. Y más y más. Un sitio perfecto, la Cuesta de Moyano, para empezar a disfrutar Madrid como viajero, que es como hay que vivir Madrid.
Y si te gustan -como es mi caso-pasear entre libros, descubrir ejemplares baratos, descatalogados, de esos que llaman de viejo o de ocasión, es el sitio perfecto.
El escritor y diarista Andrés G. Trapiello habla mucho de la Cuesta de Moyano en sus diarios del Salón de Pasos Perdidos, en su libro sobre Madrid o en el otro sobre el Rastro. Y me gusta imaginarme allí.
Trapiello dice que le gusta le gusta visitar e indagar en profundidad en horas intempestivas por el Rastro y la Cuesta de Moyano, rebuscar y sorprenderse entre los estantes de los puestos de libros, entre los apretados montones.
Para mí -aunque no compre nada, algo difícil- subir y bajar la Cuesta de Moyano es un placer, un lujo y uno de mis deportes favoritos y lo primero que quiero hacer en cuanto me cure la rodilla y visite (por fin) Madrid.












