Nadia Wassef en su libro “La librera de El Cairo” (Ed. Península, traducción de María Eugenia Santa Coloma) cuenta unas historias de la capital de Egipto -que está a unas seis horas de avión de Badajoz, el aeropuerto más cercano a Mérida- difíciles de concebir para una mente tan occidentalmente capitalista como la mía.
Compruebo en internet la distancia entre Mérida y El Cairo porque siempre me ha parecido que la tierra de los faraones era tan inalcanzable como lejana. Ahora que el mundo es más pequeño, sin mucho riesgo ni gasto -es un decir-, si uno se lo propone puede visitar sin gran riesgo, la tierra de los mamelucos y las pirámides.
Viajar una semana o dos a El Cairo da para contarlo, comprar algún souvenir, comparar la comida egipcia con la española (siempre gana la nuestra) enseñar fotos y poco más.
Donde realmente se aprende es leyendo a escritores que sitúan sus obras en esos lugares a visitar.
Introducirse en las novelas de, por ejemplo, Naguib Nahfuz –“El callejón de los milagros”, “El mendigo”…- es lo más parecido a pasear por las callejas de El Cairo, sus barrios, entrar en sus tiendas, ver sus casas encaladas, barberías, esparterías, vendedores sentados a las puertas de sus tiendas, clientes bebiendo té y fumando de sus narguiles.
Cierto es que viajar y ver todo en vivo y en directo es diferente, pero solo tenemos una vida que desperdiciar y mucha curiosidad por saciar, de ahí mi devoción librera y libresca. Aparte de que salen más baratos un par de libros.
Además del Nobel Naguib Nahfuz o del que fue muchos años candidato, Yusuf Idriss, se pueden leer bastantes novelas sobre la historia de los faraones y de El Cairo como los bestsellers de Christian Jacq o de Gilbert Sinoué, una de las mejores novelas de Agatha Christie que es “Muerte en el Nilo” o éste más reciente titulado “La librera de El Cairo”, de 2021, donde su autora y propietaria de las librerías de las que habla en su libro, Nadia Wassef, cuenta con amena sinceridad lo machista que sigue siendo la sociedad dónde ella ha vivido tantos años.
En la página 142 cuenta que cuando quería contratar a una mujer para alguna de sus librerías (ella y dos socias llegaron a tener 16 por todo Egipto), la mujer decía que sí, siempre que fuera trabajar de día ya que “las chicas respetables no vuelvan a casa después del anochecer”. Si lo hacían, sus vecinos hablaban mal de ellas y les creaban tan mala reputación que se reducían las posibilidades de conseguir un buen matrimonio. En pleno siglo XXI.
Algo que suena tan arcaico me recuerda a lo que me contó una conocida que estuvo trabajando en un pueblo de la Extremadura profunda (caracterizada porque no pasaba ninguna carretera cerca). Cuando iba a desayunar o a comer al casino del pueblo, los parroquianos, la miraban como si fuera un extraterrestre y con intenciones de echarla: una mujer sola no podía entrar en un bar. Dónde se ha visto tanta desfachatez. Y estoy hablando de mil novecientos ochenta y tantos.
En El Cairo -leo en el libro-, si una mujer iba sola de noche en transporte público, tanto pasajeros como conductores la molestaba con actitudes libidinosa.
Además, contratar a una mujer era mal visto por los hombres que trabajaban en la librería. Decían que ellas iban menos que ellos a trabajar porque se quedaban embarazadas y como tenían 90 días de baja por maternidad, ellos se tenían que encargar de todo. No se les pasaba por la cabeza que ellos también podrían tener baja por maternidad. O paternidad.
Esto no se aprende en los viajes, pero si la escritora es fiable por su honestidad, como es el caso de la autora de
“La librera de El Cairo”, se pueden vivir otras vidas.
Lo digo siempre: es lo que tiene leer, nos hace mejores, o al menos más comprensibles, empáticos y comprensivos.
Fin.












