Me dijo que tenía cuarenta y ocho años y que había pasado diez de ellos muy buenos y que diez de cuarenta y ocho está muy bien.
Siendo joven marchó de su pueblo a trabajar a una isla, en un hotel para guiris. En ese hotel pasaron esos diez años muy buenos a los que se refiere.
Al principio, en el hotel se dedicó colocar hamacas, a limpiar jardines, pequeños arreglos de fontanería, a llevar maletas de turistas, a recoger los vasos de las mesas del bar de la piscina o a lo que le dijeran. Más tarde subió de categoría: empezó a hacer la mitad de tareas que antes por el mismo precio.
Dormía con otros dos empleados en una habitación del hotel y comía y bebía allí. Como para no ser los diez mejores años de su vida si tenía comida, bebida y cama gratis, me dijo.
Y encima, que es lo que más le gustaba de su trabajo, se pasaba todo el día en pantalones cortos o bañador y con chanclas y una gorra.
Eso sí, cada vez que podía se escurría -así me contó- de sus funciones. Sacaba una cervecita del bar de la piscina sin que lo vieran, se iba a la playa, se hacía un porrito o dos, se ponía a mirar al mar o a las guiris haciendo toples, allí, todo relajado, fumando y bebiendo hasta que lo buscaban y lo encontraban para cualquier tarea.
Entonces se ponía a currar -era bueno en lo suyo-, pero cada vez que podía, se volvía a escapar, eso me dijo.
Con la mejora salarial -que también tuvo- alquiló una habitación en un piso. Ese ritmo de vida era caro. Sólo dormir le costaba más de trescientos euros. Allí empezó a torcerse todo.
No estoy transcribiendo tal y como me lo contó porque su jerga inconfundible estaba llena de argot taleguero -palabras duras- y gestos y movimientos de las manos del que está al cabo de la calle.
Y es que, se le escapó, estuvo en la isla esa quince años, los diez trabajando en un hotel, pero los otros cinco en otro sitio. En otro sitio. Ahí lo dejó. No me quiso contar más. No quise saber más.
Eso de “en otro sitio” significaba en prisión (en el talego). Yo lo sabía. Me lo habían contado. No los motivos, ni hacía falta saberlo. Un día todo se le torció y ya.
Después de cinco años preso, reformado, amedrentado o asqueado y resabiado y pobre como una rata, apareció de pronto por su pueblo.
Con una perilla, una coleta que le rozaba la rabadilla, un par de cicatrices en las cejas, tatuajes hasta en el blanco de los ojos y musculoso y fuerte como el pellejo de la mierda (eso decía). De nuevo en su pueblo. Sí. ¿Vaya pintas traía? ¿No?
Ahora busca trabajo. De lo que sea. De pintor, albañil, jardinero, fontanero, para colocar hamacas, de socorrista. De lo que sea. Es para poder ir tirando.
Como no encuentre nada pedirá la renta básica de inserción por si le dan algo y es que a su edad y con su pinta, no le dan trabajo.
Él, aunque está contento de haber tenido diez años muy buenos en su vida, diez de cuarenta y ocho, él lo que quiere es trabajar pa sacarse unas perras pa sus cosas.
Fin.












