Para mí cualquier asunto es un disparador creativo, es decir, con cualquier cuestión me pongo a escribir.
Hacer un listado de lo que me gusta y de lo que no me gusta y a partir de ahí liarme a contar historias, es uno de ellos.
Una noticia extraña o truculenta sacada de los sucesos de El Caso, de la Hoja del Lunes, el Hoy o de cualquier historia del Interviú incentivaba mi imaginación. Y la de cualquiera.
Las letras de las canciones de los ochenta que parecían no decir mucho -solo hay que escuchar por ejemplo el “Pero qué público más tonto tengo” de Kaka de Luxe, el “Hawai-Bombay” de Mecano, “Juanito, eres mi delantero favorito” de Tapones Visente o “Monja jamón” de Almodóvar y McNamara-, pero que son un claro ejemplo de lo que no quise ser. Y entonces escribo.
Pero de lo que más tiro para inventar -o traer del pasado- es de recuerdos de infancia y adolescencia, a veces, ayudado de fotografías. Y es que los recuerdos surgen donde menos te lo esperas.
Acabo de leer que uno de estos días fue el santo de uno de mis amiguetes del Barrio, uno de esos que murieron a causa de la heroína, más conocida como caballo. Además, he visto en Facebook, en una página dedicada a Mérida fotografías de gente que conocí o que todavía andan pululando por estas calles que tanto me gustan.
Y que son del Barrio o de los Chinos, Santa Eulalia o las Abadías que es por dónde más patadas a piedras he pegado. Y que forman parte de mi pasado por lo que también me sirven de disparador creativo.
Pantalones vaqueros ajustados -de pitillo algunos- y con rodilleras, cajas de cerveza Águila, botellines de Skol o de Gavilán, zapatillas Kelme o Paredes (en un burdo anuncio con un look veraniego a lo Travolta y Olivia Newton-John cinco o seis actores cantan aquello de “Súbete por las paredes, bota y rebota, pasea y patalea. Súbete por las paredes. Súbete por las paredes. Tus nuevas Paredes. Nuevos Paredes 80. Esto es marcha”), rebecas de color verde del de las niñas de Las Escolapias y Las Josefinas abrochadas hasta la altura del ombligo, gafas graduadas de pasta color marfil o caramelo, parkas “soviéticas” con la capucha extraíble que parecía de piel de borrego que cuando hacía mucho frío te tapabas la cabeza y parecía que estabas dentro de un tubo, pantalones de pana color marrón, cuellos sin botones largos y de pico, camisas desabrochadas con camisetas interiores blancas por dentro, pero que se veían, jerseys Don Algodón de mercadillo de color amarillo chillón, peine diminuto en el bolsillo trasero del pantalón, paquete de Celtas Cortos emboquillados o sin emboquillar, o de Ducados, Bisonte o Sombra -a alguno le dio por fumar More, esos cilindros marrones, alargados y más finos-. Olor a pachuli, a Brummel o a Varón Dandy -esto los días de fiesta-. Como colonia de mujer me acuerdo del anuncio que decía: «Tenemos chica nueva en la oficina se llama Farala y es divina». Farala era la marca del perfume. Y música de Los Chichos, los Chunguitos, Bordón 4, los Calis, Chiquetete, Lole y Manuel y siempre los pelos largos y un tanto macarras al estilo del ratón Ayala o Heredia, los futbolistas del Atlético de Madrid de aquellos años.
Con todo esto, puedo montar una historia de colegas al estilo de “El Torete” o “El vaquilla”, como aquellas del cine quinqui –“Deprisa, deprisa”, “El pico”, “Navajeros”…- basado en mucho de lo que viví en los años ochenta del siglo pasado. Y es que nos lo montábamos tope guay, menudas movidas.
Lo dicho, todo -lo vivido, lo recordado- puede servir de disparador creativo, por eso quizá hoy en día haya más escritores que lectores, pero esta es… otra historia.
Fin.












