Los buenos jugadores de fútbol no necesitan correr como si no hubiera un mañana; buscan espacios, arrastran a jugadores contrarios y bajan la pelota al suelo cuando el balón procede de una volea perdida. Anticipan y aseguran el pase, minimizando riesgos. Los tuercebotas hacen aspavientos, juegan al piscinazo y lanzan mensajes bañados en testosterona para confundir al árbitro. El talante de los primeros juegan a darte un abrazo cariñoso para dormirte, y el de los otros a que pase como máximo el balón. Es una clasificación que podemos llevar a la política con un poco de imaginación.
Nadie, excepto Pedro Sánchez, ha entendido que se trata de crear las condiciones objetivas para rebajar el suelo de los independentistas. Su confianza en llegar a un acuerdo para la investidura se fundamenta en conocer los apremios de los otros, dejándoles sacar la lengua a paseo como hooligans de The Rolling; que está muy bien como terapia transgresora. En menos de dos meses, los anuncios del mundo nacionalista han pasado de sus bravatas y las exigencias de pagos por adelantado, a entender por pragmatismo que las posiciones de máximo están para rebajarse de forma obligada tras evidenciarse que los catalanes han escogido, en las elecciones del 23 de julio, una salida alejada de la unilateralidad.
El independentismo ya sabe cual es su techo. Lo obtuvo con el Gobierno de Rajoy; fabricante exponencial de separatistas. Y aunque podría caer en la tentación de provocar una nuevas elecciones para volver a inflamar las calles, el Proceso ha traído nuevos aprendizajes alejados de revoluciones de sonrisas y primaveras floridas en una Arcadia feliz, no descartando una mayor irrelevancia del independentismo, en unos nuevos comicios.
Puigdemont ha entendido que se le acaba el tiempo y hay que pasar del twitter a negociar salidas para él y los suyos, porque, como recitaba Pablo Neruda: “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Y además sabe, que será con condiciones y con pagos a plazos, sujetos a la estabilidad de la legislatura. Que no se engañen. Y claro que serán libres de seguir con la matraca de una independencia que solo ha sido desinflamada a través del diálogo.
El tiempo de la lírica para Puigdemont está a punto de cerrarse, como en su momento le pasó a Junqueras con su indulto y excarcelación, siendo atraído hacia el posibilismo, para ser insultado como “botifler”; un insulto catalán identificado con la traición. Con la investidura de Sánchez, se pluraliza la pléyade de “botiflers” con el exiliado político de Waterloo, para un independentismo que aún sigue creyendo en declaraciones unilaterales de independencia. En algún momento, alguien les tenía que poner ante la realidad para que comprueben que los fantasmas no vuelan; tan solo lo hacen en su épica trasnochada.
La ley de Amnistía no se aprobará antes de la investidura, ni siquiera será gratis y el Tribunal Constitucional tendrá que decidir. Lograr que se apruebe el catalán como lengua europea, cuestión que es loable, no depende ni siquiera de “Perro Sánchez”, en este caso el Partido Popular Europeo ya anda boicoteando este avance en el Parlamento Europeo. Y lo de la autodeterminación…, pueden los irredentos seguir sacando la lengua pero, de golpe, el zapatazo a lo Bellingham resuena sobre el fondo de la red y la tinta del calamar de todos los mitos elaborados sobre medias verdades y leyendas carlistas, se diluyen con música clásica de The Beatles. Es una evidencia sociológica.
Que siga el PP con su relato de un supuesto fraude del PSOE con la Ley de Amnistía, porque solo con mayoría absoluta el programa electoral sería idéntico al de investidura. Que se lo pregunten a Aznar cuando con el Pacto de Majestic, se sacó de la manga la desaparición de los gobernadores civiles y guardia civil de Cataluña. Una organización no sospechosa de marxismo-leninismo, como el Círculo de Empresarios de Cataluña, opta por esa vía. El PP no se entera; cuando no se vence por la fuerza, hay que dar abrazos de Sánchez.













Qué certero eres. Miguel. Y realista y claro.
Gracias, Antonio. Salud