“El amor social es la clave para un auténtico desarrollo, para plasmar una sociedad más humana, más digna de las personas, cada vez se hace más necesario revalorizar el amor en la vida social, a nivel político, económico, cultural, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción, tengamos en cuenta que amor es unidad de dos y yo sé muy bien cuando hago unidad de dos comenzando por mí mismo.” Pbro Filósofo Hernando Uribe – Orden Carmelitas Descalzos.
Me gusta citar esta frase que comunicó un profesor que conocí asistiendo a una conferencia sobre los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible, de igual manera con el pude aprender que la dinámica que ejercemos como personas es propia de cada ser humano , esta se introduce y se impregna en el individuo y nunca deja de ser un cuerpo de conocimientos relativo al comportamiento humano el cual subyace de un comportamiento de las personas, siendo particularmente propio de la edad, raza, color o género, estos comportamientos pueden ser identificadas en la persona desde la infancia. En varios estudios realizados he podido comprobar que se identifican 9 grupos de los cuales 5 predominan en las culturas occidentales, en concreto en nuestra cultura europea.
Cada una de estas maneras de ser o dinámicas de personalidad, resulta de una interacción particular de tres principios básicos: mental, emocional y físico. Estos principios tienen una doble dimensión: una cualitativa y otra cuantitativa. Cada dinámica posee procesos particulares de aprendizaje, resolución de problemas y comunicación. Cada una responde al stress y al cambio de diferente manera. Una de las contribuciones más significativas de la dinámica humana es la comprensión que ella permite de los diferentes procesos de comunicación y necesidades de las personas.
La comprensión de esas distinciones que el propio ser vive da a las personas capacidad para una mejor relación entre ellas, ya sea dentro de un contexto laboral, familiar, en la comunidad o en las aulas.
Cada una de las dinámicas de personalidad es capaz de un desarrollo distinto, no hay juicios de valor, ya que todas las dinámicas son equivalentes. Cada una complementa potencialmente a las otras.
La respuesta a cada distinción a cada grupo está en la capacidad de poder integrarnos, para resolver los nuevos problemas que afronta la humanidad con el añadido de creación de valor integrado, en sociedad, haciendo a un lado la voz del miedo, la voz del juicio y la voz del cinismo y utilizando la tecnología y el conocimiento para poner al individuo y su desarrollo en el centro.
Las estructuras sociales y el amor:
Ya hace casi cinco décadas William planteó que la importancia teórica del amor residía en que es un elemento de la acción social y, en consecuencia, de la estructura social. Este autor se interesó en encontrar los modos en que el amor romántico se ajustaba a la estructura social, esto es, al sistema de estratificación por medio de la elección de la pareja. Partió del supuesto general de que el amor tiene un amplio potencial disruptivo del orden social. Este potencial disruptivo ha generado que en diversas culturas se creen varias medidas de control. Si el amor no fuera controlado, el orden social podría trastocarse continuamente: «permitir el apareamiento al azar significaría un cambio radical en la estructura social existente. Si la familia como unidad básica de la sociedad es importante, entonces también lo es la elección de pareja».
Goode distinguió cinco tipos principales de «control del amor»; presentes en diversas culturas: a) el matrimonio infantil; b) el matrimonio obligado o restringido; c) el aislamiento de los jóvenes de parejas potenciales mediante la segregación social y física; d) la supervisión de los parientes cercanos (pero no segregación social real) y la inculcación de valores como la virginidad; e) las presiones y normas sociales de padres y pares mediante la limitación de la sociabilidad, aunque en un marco formal de elección libre de la pareja.
El amor tiene implicaciones sociales y estructurales de carácter macro y micro social, como ha establecido la investigación seminal de Goode. Asimismo, Theodore Kemper es uno de los autores que ha otorgado importancia a las estructuras en el estudio del amor. Este autor señala que el amor es una emoción que emerge de una relación social fundamental que depende de los principios del poder y el estatus.
El poder es comprendido en el sentido weberiano como la capacidad de hacer lo que uno quiere, aun en contra de los intereses de los demás; y el estatus, como la capacidad no coactiva que tiene cada uno para conseguir aprecio, admiración, favores, atenciones, etcétera, de los demás.
La relación de amor se define «como aquella en la que al menos un actor otorga, o está preparado para otorgar, cantidades extremas de estatus a otro actor»; asumiendo que el poder puede variar en las relaciones amorosas. A partir de esta definición de la relación amorosa, el autor construye siete versiones típico-ideales de concesión real o potencial de estatus: 1) adulación por fans (un actor otorga cantidades extremas de estatus al otro, pero ninguno tiene poder en la relación); 2) amor ideal (dotaciones mutuas de estatus y ausencia de poder en la relación); 3) amor romántico (conferencia de estatus y poder mutuos); 4) amor divino, parental o mentor (ambos reciben cantidades extremas de estatus, pero uno concentra el poder); 5) amor infiel (un actor retiene estatus y poder en exceso, mientras el otro tiene sólo altas dotaciones de poder); 6) amor no correspondido (un actor tiene todo el poder y el estatus y el otro carece de ambos); 7) amor padres-hijos (los bebés y niños reciben cantidades extremas de estatus, pero no dan nada a cambio, y los padres concentran el poder en beneficio de los primeros. Estas categorías sirven para estudiar la vida íntima en términos de estructuras sociales en una agenda de investigación abierta para comprobar la teoría.
La crítica social y cultural del amor
Desde la visión socio-histórica referida se asume que se han trastocado los roles tradicionales, las expectativas en la pareja y las formas de concebir el amor y relacionarse en pareja. En consonancia con dicha perspectiva, han surgido investigaciones que, mediante diversas formas de crítica social y cultural, señalan la emergencia de nuevos conflictos de género y cuestionan la mercantilización del amor y la normalización de la heterosexualidad. Tradicionalmente, la división del trabajo en el hogar era clara: a las mujeres les correspondía el cuidado del hogar y de los hijos y a los hombres trabajar para proveer de recursos a la familia. Actualmente, diversas condiciones sociales han hecho posible que las tareas de hombres y mujeres se definan, acuerden o negocien en cada caso particular según las preferencias y capacidades de las personas.












