Cuando éramos pequeños jugábamos en la calle al “escondite», también llamado “el esconder”. Mientras el que se la «quedaba» -la “picaba”- contaba de uno a cien, todos los demás niños salíamos corriendo alocadamente y sin control a escondernos para que no nos descubriera. Ni más ni menos. Yo, como era flaco, rápido y veloz y supongo que miedoso, medio salvaje e irracional, solía esconderme debajo de alguno de los coches que estaban aparcados al lado de las aceras de la calle. Ayudado de los brazos, primero metía las piernas, luego el cuerpo y por último la cabeza.
Cuando entallaban al que había tenido menos imaginación escondiéndose, salía del coche con la ropa llena de manchas de aceite o gasolina, vete tú a saber lo que soltaban los coches de antes.
Los más complicados porque el suelo del coche casi rozaba con las piedras y la tierra del de la calle, eran los Seat 600, Seat 127 y Renault 4, por eso yo buscaba uno más alto en sus partes bajas como podía ser el Citröen 2CV-6 más conocido como Dos Caballos, ese cacharro feo, simpático y destartalado y casi tan grotesco como el Dyane 6. Si había suerte y encontraba en la calle -raro era- un Seat 131 Supermirafiori, un Land Roverd, un Gordini o algo imposible como un Tiburón (de la marca Citröen) podía ocurrir que ya tuviera inquilino porque alguno de los que jugaba había aprovechado para esconderse ahí antes que yo.
Pero nada que ver jugar “al esconder” con el “Un, dos, tres, pollito inglés” que era de los pocos juegos en donde nos mezclábamos niños y niñas -en los años setenta se jugaba por “separado”-.
Consistía en que uno se tenía que poner de cara en la pared con uno de los antebrazos tapándose los ojos. Los demás se colocaban como a diez metros del que les daba la espalda. El guardián, canturreaba a toda velocidad el “Un, don, tres, pollito inglés” y mientras, los demás se movían lo más rápido posible. Cuando el guardián terminaba de canturrear su frase, se daba la vuelta de pronto y señalaba al que cogía avanzando y lo hacía volver a su sitio de salida para que tuviera que empezar de nuevo. Ganaba el más sigiloso y rápido en tocar la pared diciendo “tomate”, nada que ver con otro juego que se llama “toma tomate para que no te escapes”.
El ganador se ponía de cara a la pared, los demás jugadores se echaban hacia atrás esos diez metros y empezábamos a jugar de nuevo al “Un, dos, tres, pollito inglés” hasta que nos aburríamos y cambiábamos de actividad.
Juegos en la calle, en la infancia de los años setenta del siglo XX en mi barrio.
Fin.












