Hojeando una lista realizada por Alfonso Castán, editor de Editorial Contraseña de Zaragoza que publica entre otros/as a uno de los mejores escritores españoles que he leído, Ramón J. Sender en la que relaciona los que para él son los mejores libros del siglo XIX, encontré -aparte de “clásicos” y bastantes libros que me faltan por leer, que quiero releer o que desconocía- uno de Arthur Conan Doyle.
¿Es posible que un libro de Arthur Conan Doyle sea uno de los cien grandes libros del siglo XIX? Me pregunté. Sí. Me respondí después de haberlo leído.
El ejemplar que tengo de ”Estudio en escarlata” de Arthur Conan Doyle, novela publicada por primera vez en 1881, es uno de los libros que regalaban (o que costaba uno o dos euros) en las promociones de antaño de El País. Ciento setenta y tres páginas de papel quebradizo, letra mínima y traducción de Amando Lázaro Ros.
221 B de Baker Street en Londres es lo primero que aparece en la novela. A esa dirección es donde se fueron a vivir juntos Holmes y Watson recién presentados por un amigo común.
En esa dirección actualmente se encuentra el The Sherlock Homes Museum. Según las historias de Sir Arthur Conan Doyle, el detective Sherlock Holmes hizo de esta su residencia desde 1881 hasta 1904.
En Google Maps compruebo que se trata de una calle ancha típica londinense. Con bloques de tres plantas señoriales, victorianas. Hay un Baker Kiosk, una tienda donde pone Sushi, otra que no sé de qué es, pero en su cristalera de fachada se lee “Kahnoon coming song”, que es un restaurante tailandés. Una tienda con dos guitarras de plástico en lo alto del escaparate. Se llama “It´s Only Rock ´n´ Roll. Memorabilia Store”, parece que lleva años cerrada. Al lado, un típico comercio de ropa y artículos de regalo que se hace llamar “British Collections”. Y hay muchas tiendas y locales más.
Empiezo la novela y enseguida, las asombrosas deducciones de Holmes. Le dice a Watson, al que acaban de presentar, que él -Watson- es un médico militar jubilado. Watson dice que es imposible que lo sepa. Le explica sus deducciones lógicas y el doctor no sale de su asombro. Parece magia, Holmes ve lo que nadie ve. Watson lo anota todo en su diario.
Razonar, barruntar. Sherlock Holmes, dice que la gente lo que hace es barruntar (intuir, maliciar, sospechar, elucubrar) pero que él es buen investigador porque razona y que es por ello por lo que llega a conclusiones ciertas. Lo escribió hace más de cien años. Parece que no hemos cambiado tanto.
En la página 67 Watson cuenta que está “Vie de Boheme” de Henri Murger. Un escritor francés que creó el término bohemia como sinónimo de un estilo de vida extravagante, pobre, sablista e ingenioso, consagrado casi en exclusiva a la literatura o a la pintura. La palabra bohemio se usaba entonces con el significado de «gitano». La mayor parte de los gitanos que venían a Francia decían “venir de Bohemia”.
En la página 73 leo una frase que dice: “Un tonto encuentra siempre a otro más tonto que lo admira”. Sencillo, sincero y conciso. Me la quedo.
Y otra, de la 76, también: “Nada es pequeño para una inteligencia grande”.
En la 97 la novela da un giro tal que parece otra. De 1878 salta a 1845, a una escena que transcurre en un desierto. Nada que ver con el Londres oscuro y gris de antes.
A partir de ahí, no puedo parar de leer, lo que dice mucho en favor de la novela.
Arthur Conan Doyle vivió dolido mucho tiempo, no porque su personaje fuera más conocido que él -que también-, sino porque quería pasar a la posteridad por sus novelas históricas. Y no. Se conoce, lee y traduce más a Sherlock Holmes, personaje del que escribió nueve de los sesenta y tantos libros que le publicaron, once de ellos novelas históricas.
Leyendo “Estudio en escarlata”, una de las grandes novelas del siglo XIX para Alfonso Castán Val, puedo llegar a entenderlo. Gran novela. Quién lo diría.












