El título en mayúsculas, tal y como si estuviéramos en una conversación en las redes sociales. ¡A voz en grito! Así imagino la reacción de mi “pija” predilecta y autodefinida, al enterarse de la mentira, que no engaño, del que pretendía ser el afortunado y digno titular, consorte y con suerte, del marquesado de Griñón. ¡Qué pena!
Ya en diferentes ocasiones he manifestado que me cae simpática “Tammy”, que así le llaman sus amistades, entre las cuales no me encuentro. Me parece una persona honesta y consecuente, valiente y trabajadora. En cualquier caso, me alegraba sinceramente que, tras sus devaneos espirituales, hubiera encontrado al que estaba llamado a ser el verdadero amor de su vida.
La notaba feliz e incluso rejuvenecida, tras aquella etapa “premonacal” en la que llegó a preocuparme seriamente la posibilidad de que hiciera alguna barbaridad. Por un momento pareciera que fuera a tomar los cuatro votos monásticos; los solemnes de pobreza, castidad, obediencia y clausura. Entregando su vida a rezar para espiar o cuando menos aminorar, los pecados de todos los católicos tan necesitados de dicha ayuda.

Aparcó libremente la idea y decidió, incluso antes de pisar la clausura, abandonar el convento, sin necesidad de acudir a la dispensa de los compromisos adquiridos a través del necesario y obligatorio procedimiento ante la Santa Sede.
A partir de ahí, hiperactiva como es, aparición en numerosos medios de comunicación, diversión y entretenimiento. Ganándose a pulso la simpatía de una buena parte de la audiencia televisiva, gracias a su gracejo y espontaneidad.
Y una cosa lleva a la otra, tras diferentes relaciones, apareció Íñigo. Que ya el nombre es importante y definitorio en los más selectos ambientes. Además de una familia bien, empresario o al menos así se define, alto, guapo, atractivo… ¡Lo que cualquier padre desea como yerno!
Se les ve enamorados, hacen o quizás deba decir hacían muy buena pareja. Y es que a nadie se le ocurre irse de despedida de soltero antes de anunciar el compromiso. Porque de eso y no de ninguna otra cosa ha de tratarse. Íñigo no osaría andar con unas y con otras, ¡No! Sin duda alguna ha sido un devaneo sin mayor importancia, fruto de la edad y del “jet lag” (desajuste temporal, en fin, de las funciones del cuerpo humano tras un viaje largo en avión).
Bueno eso y que Marina Theiss, que así se llama la agraciada y afincada en Nueva York, es modelo y es que puestos a pecar pues mucho mejor con según quien, ¿dónde va a parar? Quien asegura, aún a día de hoy, que este de hace dos semanas es: “su primer festival”. Que digo yo, que se referirá al “Burning Man” y no al beso y demás acontecimientos románticos de la noche de autos.
Sea como fuere ya está el lío montado y cual, si fuera el Ayuntamiento de Mérida en épocas pretéritas o recientes con el tal J. R. ( que más pareciera el apodo del hijo malvado y malicioso de Jock Ewing, de la serie petrolera norteamericana “Dallas”) y de sobrenombre “Polla” (que manda guasa el mote del fenómeno en cuestión que hace referencia a algún defecto, cualidad o característica particular que lo distingue) empiezan los mentideros, los dimes y diretes, las maledicencias y los chismorreos de los tantos y tantos aburridos y tristes, necesitados de los rezos de las ya mínimas clausuras; desbordadas últimamente por la creciente demanda y necesidades del personal.

Para colmo de males al inculpado, imputado, investigado, presunto, siempre presunto culpable, no se le ocurre otra cosa que negar lo evidente. ¡Ay! Íñigo, eso sí que no. ¡Ahí es donde te has equivocado! Porque la señora marquesa te hubiera perdonado el desliz, al fin y al cabo, quien esté libre de pecado que lance la primera piedra… pero publicar que lo que te está reclamando es falso… ¡No, hijo, no!
Te recuerdo los deberes del pecador: en primer lugar, reconocer nuestros pecados, sentir pesar por ellos, abandonar nuestros pecados, confesarlos, restituir el daño (en mi infancia cumplir la penitencia impuesta), perdonar a los demás y guardar los mandamientos de Dios.
Y como siempre, en esta bendita España nuestra, las supuestas amigas de Tamara Falcó Preysler, que son unas graciosas y ejerciendo de curas párrocos (ya que de iglesia y pecados va la cuita), rebautizan a Íñigo Onieva por “Íñigo Loniega”. Que no hay nada como las amigas, para hacer cuanta más sangre mejor.
Decía Maquiavelo que la traición es el único acto de los hombres que no se justifica. Dolorosa por venir de la persona amada y provocar un desajuste emocional enorme ya que la persona traicionada lo vive como una pérdida. Tan sólo admite el bálsamo del tiempo. Le propongo, admítame el atrevimiento, que escuche la ópera “Tosca” de Giacomo Puccini.
Tenga en cuenta que el malogrado marqués consorte le acaba de firmar un pagaré en blanco que, o mucho me equivoco o usted sabrá cobrarse llegado el momento. Recordarle que nuestro Íñigo, tal vez prematuramente, tan sólo perseguía igualarse a buena parte de la mal llamada Aristocracia y que en verdad son los descendientes de aquellos.
Estimada Tamara, querida marquesa, no haga caso a nada ni a nadie, ni tan siquiera a mí. Tan sólo haga caso a lo que le dicte su corazón. De cristianos es perdonar, que afrentas mayores se han resuelto y hay quien además ha tenido la suerte y virtud de olvidar.












