Buscando en mi libreta de lecturas descubro que “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías lo acabé de leer en junio de 1997, “Cuando fui mortal”, del mismo autor, un mes después y “Corazón tan blanco” en diciembre de ese mismo año. Y ya está. Pasó al olvido. No pude con él.
Las frases largas, inacabables, insondables de sus novelas que me recordaban un poco a las de su admirado y también, para mí, cansino Juan Benet, me resultaban un tanto plúmbeas.
Hace poco, casi veinticinco años después, he vuelto a leer un libro suyo, pero no una novela sino el ensayo sobre biografías de escritores titulado “Vidas escritas”.
Me gustó tanto que después de leer su reseña biográfica sobre William Faulkner releí “Mientras agonizo”, la novela menos “Javiermariana” de las del escritor norteamericano.
Al leer las pequeñas notas biográficas de estas “Vidas escritas” -Isak Dinesen, Nabokov, Joseph Conrad…-, recuperé las ganas de volver a leer a Javier Marías del que había leído algún que otro de sus artículos de opinión en los que, que recuerde y coincidencia o no, se quejaba siempre: del ruido de Madrid, de que cortaran las calles en Semana Santa, de que la gente tiraba la basura a la calle a deshoras o fuera de sitio.
Ayer falleció Javier Marías (su imagen con cara de eternamente joven) a los casi setenta y un años de edad de una neumonía que se le complicó.
Ahora anoto para una futura lectura, no como homenaje sino para corroborar o no el concepto de escritor soporífero y un tanto cargante (al estilo «El rodaballo» o «La ratesa» de Günter Grass) que saqué de sus novelas cuando leí tres suyas hace veinticinco años, “Corazón tan blanco”, la que dicen es, junto a «Mañana en la batalla piensa en mí» y «Todas las almas», su mejor novela.
Así empieza: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con al punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.
A esto me refiero con el uso exquisito o no, de las frases largas de sus novelas.
Facebook que es de dónde más leo últimamente, se llenó de frases y palabras sobre Javier Marías. He sonsacado algunas, aparte de otras que ya conocía como que era el escritor español más vendido en Alemania, que era más inglés que español, que era de la Academia y también compañero de columna de opinión de Pérez Reverte, que fumaba mucho, que era sobrino del director de cine porno Jess Franco, que inventó el reino de Redonda, que era del Real Madrid, que escribía a máquina en una Olimpia Carrera, que era discípulo de Juan Benet o que entre sus autores favoritos estaban Faulkner, Nabokov, Proust y Thomas Bernard.
Leí de él:
-Conversar con él fue un festín de literatura, humor, inteligencia, lecturas y soldados de plomo.
-Con él sí que habría que decretar tres días de luto y no con Isabel II.
-Merecía el Premio Nobel de Literatura.
-Era el más inglés de los nuestros. Entre la ironía y la seriedad. Sagaz, divertido, desconfiado, raro, inteligente, sincero y gran escritor.
-No era precisamente una persona fácil.
Podría seguir añadiendo tantos y tantos elogios (o no tanto) como se han vertido sobre Javier Marías en las redes sociales. Eso sí, la mayoría de los que he leído opinando sobre el fallecido hablan bien de él -ya se sabe que aquí en España somos de enterrar bien a personas que a los dos días pasarán al olvido- se me ocurre lo que para mí es básico: si alguien joven (o no) quiere empezar a leer, que no lo haga por Javier Marías, sería contraproducente: es solo para lectores avezados e inmunes al aburrimiento que generan (para los no lectores) párrafos de más de cien renglones. Hasta aquí llego.












