Eva Palma es mi vecina. Pared con pared, compartiendo con ella y su familia, desde hace veinticinco años, el transcurrir cotidiano de la vida, que solo el tiempo y las circunstancias nos enseñan a valorar. Son esos vecinos que siempre has querido tener. Personas abiertas y espontaneas que te levantan la primera sonrisa del día. Gente entrañable que llega a formar parte de tu biografía afectiva. No solamente unidos por los favores domésticos, también por aquellas inevitables caras de zozobra que, inesperadamente, nos visitan sin pedir permiso, tirando la puerta y desordenando ese tiempo en el que creemos que nunca pasa nada.
Eva es recia, sobria y solida. Un día, llama a mi puerta y me dice que nos quiere regalar un libro que ha escrito sobre la experiencia vital que le ha producido su enfermedad. Nos invita a la presentación del libro y acudimos a escucharla dándonos una lección de vida; sin aspavientos, con la intención de desdramatizar el dolor por el que inevitablemente todos pasamos o pasaremos.
El título del libro es “Deseas tener algún poder mágico que lo destruya”. No es una pregunta; es una afirmación rotunda y una búsqueda que se inicia desde el minuto uno en el que te dan un fatal diagnostico. Todo se viene abajo y nos damos cuenta de nuestra vulnerabilidad. Las palabras dejan de tener la dimensión exacta de lo que pasa por nuestras cabezas.
Mi mujer también ha sufrido otra experiencia oncológica en el mismo periodo y eso crea complicidades y miradas de comprensión. Sí, que caóticas emociones se disparan en los sentimientos de cualquier enfermo cuando un diagnostico te sitúa en décimas de segundo en pensamientos que desestabilizan tu vida y la de tu familia, anulando decenas de proyectos y retos personales.
Se hace un silencio compartido por los tuyos que te acolcha en tus inauguradas incertidumbres. Pero Eva, desea tener un poder mágico que destruya el dolor y la enfermedad. Prueba todo tipo de estrategias y recetas para pertrecharse contra ellos y decide hablarse y hablar, mirar y mirarte.
Su dolor es un dolor estéril si no transmite a otros su forma de afrontarlo. Aunque siempre ha escrito, ahora lo hace focalizada en su experiencia vital para normalizar el miedo, la espera por un resultado médico o para compartir una ansiada buena noticia, porque no tienen por qué ser malas.
Para ella, no hay plan B, toca escribir sobre tus emociones y hacer un ejercicio de introspección sobre todo la arquitectura de vivencias que te han traído hasta aquí, porque no hay soluciones mágicas que no elabores tú. Y comienza un largo camino para reconvertir un pensamiento negativo en una estrategia de lucha.

Porque somos fundamentalmente emociones, tenemos que aprender a racionalizarlas para que su ordenamiento nos muestren el camino. La montaña rusa emocional se va tornando en templanza porque al miedo hay que combatirlo para que no te atenace y buscas aliados dirigiendo la mirada hacia el “otro”.
Eva, riza el rizo. Los beneficios del libro que ha escrito los ha donado a una asociación que lucha contra el cáncer infantil. Una opción solidaria, pero además inteligente porque en ese reto ella fabrica “subidones” de dopamina endógena que seguro es un complemento a la farmacología que le han asignado de por vida. La ira, la negación que acompaña a toda mala noticia termina siendo aceptada transformándose en fuerza motor de nuevos retos personales.
Esta actitud es compatible con los momentos de soledad y de oscuridades, pero es la única magia contra anticipadas derrotas que no tienen por qué ocurrir. Ella, sigue escribiendo, porque ha encontrado la magia que llegan a tener las palabras. Se reconforta y reconforta cuando la escuchas leer algún párrafo. Seguro que su apuesta personal es un orgullo para su marido, Jesús, y sus hijos Aron y Eva.
Para nuestra familia ha sido una suerte tenerlos al lado. Seguro que nos quedan muchas páginas por escribir y compartir, porque la vida es un apasionante y maravilloso viaje con todos sus inevitables accidentes. ¡Gracias, vecina!












