
“Y obligaron a uno que pasaba y que venía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, a que llevara la cruz de Jesús”. (Marcos 15: 21-22).
En el año 2008, un nutrido grupo de profesores y catedráticos de universidad, de conservadores y directores de museos, participó en un viaje organizado por María Ángeles Castellano, hervasense, actualmente conservadora jefe de la Sección de Antigüedades Griegas y Romanas del Museo Arqueológico Nacional, a Libia, con el fin de conocer los importantes yacimientos conservados en sus dos regiones importantes: Tripolitania y Cirenaica. Eran todavía los tiempos de Gadafi y, aunque no se hacía mucho por impulsar el turismo, era posible, sin problemas, conocer su espléndida realidad arqueológica.
Comenzamos nuestra visita por la Tripolitania, en la propia capital, Trípoli, con su excelente museo y su arco triunfal, para luego acudir a la ciudad de Septimio Severo, su ciudadano más ilustre, que la engrandeció sobremanera, por lo que hoy Leptis Magna, con sus foros, “El Foro Vecchio” y el Foro Severiano, con sus áreas públicas, sus edificios de espectáculos y su puerto, donde se desarrolló un activo comercio, puede ser reputada como uno de los conjuntos más importantes del Mediterráneo.
Tras visitar otras ciudades, Sabratah con su teatro romano que tanto recuerda al emeritense, entre ellas, pasamos a recorrer la Cirenaica desde Bengasi, ciudad evocadora de recuerdos de las grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial y así, tras visitar Ptolemaida y Apolonia, fuimos a conocer la ciudad de Cirene.
Cirene fue una fundación del proceso de la colonización griega, enmarcada en la importante fase desarrollada en torno al 650 a. C. Conocemos muy bien los pormenores de sus orígenes como ciudad griega, con la constitución perfectamente conservada, así como su desarrollo propiciado por la abundancia de recursos agroganaderos.
Visitamos las ruinas del santuario de Apolo, situado junto a la mítica fuente elegida por los fundadores de la ciudad, de donde partía una calle sagrada que conducía al ágora, a su vez unida a la acrópolis presidida por el templo de Zeus Ammón, algo mayor que el propio Partenón, sus barrios y sus necrópolis.
Pero lo que en verdad nos sorprendió fue su ágora, centro de la vida pública y religiosa de la ciudad, por su excelente estado de conservación, con su pavimento original y los edificios, entre ellos el referido templo de Apolo, cuyas fachadas daban a este espacio.
El hecho de que se conserve de manera tan excepcional nos hizo considerar que pocas ciudades griegas ofrecen una panorámica tan completa que nos acerque a la fisonomía de estas ciudades fruto del proceso colonizador de la Época Arcaica griega.
Los naturales de Cirene, los cirenaicos, desarrollaron un activo comercio a lo largo de toda la parte oriental del Mediterráneo, así como fueron impulsores de la agricultura en las tierras donde fueron acogidos. Son abundantes los testimonios de muchos naturales de Cirene asentados en importantes colonias y ciudades y, entre ellos, numerosos judíos.
Tal fue el caso de nuestro Simón, establecido con su familia en Jerusalén y testigo principal de los momentos cruciales de la Pasión de nuestro Señor. Su figura siempre ha sido valorada por la cristiandad por haber aliviado la pesada carga que soportaba nuestro Salvador. Por ello recibió culto y a él se dedicaron algunas capillas como la de Jerusalén, levantada por los franciscanos en el año de 1895, cerca del lugar donde socorrió a Jesús.
En aquella luminosa mañana del mes de febrero, en el ágora de Cirene, mis pensamientos volaron hacia la evocación de uno de los más notables hijos de Cirene.












