Hamás y Hezbolá, al unísono, atacan al estado de Israel desde sus bases en la franja de Gaza y desde el Líbano, respectivamente, ambas milicias islamistas o grupos terroristas, dependiendo del color del cristal con que se mire, reiteran de este modo su odio visceral y suicida a los vecinos judíos.
Más de veinte siglos y la barbarie que no cesa. Paradójica visión de dos religiones monoteístas que, lejos de impartir amor, paz y concordia, exacerban los más bajos instintos de las masas, anteponiendo los intereses materiales de sus cúpulas teocráticas y dictatoriales a las vidas de sus obedientes súbditos o fieles creyentes.
Palestina, al igual que tantos otros, es un estado fallido, donde sobrevivir es el desafío diario, donde la vida se ofrece a cambio de unas monedas, treinta quizá, ya no para los mártires sino para que sus familias tengan algo para subsistir.
Fanatismo e ignorancia, todo apostado al más allá pues, en el más acá, nada ni nadie cuida de las personas, individuos insignificantes y anónimos que matan y mueren, en contraposición a sus creencias, a la idea religiosa de que los humanos somos la creación más perfecta de Dios.
En el fondo, subyace la lucha entre facciones de la religión abrahámica monoteísta que establece como premisa: “no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”, la pelea a muerte por liderar el “sagrado negocio” de los combustibles fósiles, factor geopolítico y con límite en el tiempo, contrarreloj que marca el agotamiento de los ricos yacimientos petrolíferos de los que se nutren las teocracias dictatoriales históricamente enfrentadas.
Irán contra Arabia Saudí, chiitas contra sunnitas y ortodoxos wahabíes, con el eventual establecimiento de relaciones diplomáticas entre Tel Aviv y Riad como última excusa de un conflicto perenne entre chiíes (fieles al yerno y primo del profeta) y suníes (seguidores del suegro del profeta), quienes a falta de jariyíes, católicos, cristianos ortodoxos, apostólicos armenios, azaríes o cualquier otro, se centran ahora en los judíos.

Bien es cierto que, del lado contrario, el ascenso de los jaredíes, judíos ultraortodoxos, en el gobierno israelita no ayuda a rebajar las tensiones, al contrario, han forzado al primer ministro Benjamín Netanyahu a llevar a cabo políticas de ocupación en nuevos asentamientos que son entendidas como provocaciones por un amplio sector de los palestinos.
Cuánto temeroso de Dios, cada uno del suyo (en exclusiva y verdadero, faltaría más) matándose en su Nombre y contraviniendo sus Leyes Divinas. Cuánta ignorancia, analfabetismo e ignominia en este mundo de 2023, donde nos apresuramos hacia la Tercera Guerra Mundial que, sin duda, aniquilará el planeta Tierra, este auténtico regalo divino.
Cuánto sinvergüenza que, desde el púlpito, miente y engaña a las masas hambrientas de alimento material y espiritual, de fe y esperanza, valiéndose de sus carencias y temores, con el inalcanzable palo y la zanahoria de la eternidad, con la gratuita y única promesa del más allá.
La historia se repite una vez más y nosotros, el occidente cristiano, espectadores privilegiados en la zona V.I.P., sin hacer nada más que observar y quejarnos desde el primer mundo. Acaso, herejes, haciendo negocio del conflicto bélico, suministrando armamento a ambos contendientes. ¡Que Dios nos ampare! El nuestro… el único Dios verdadero, ¡claro está!












