Quiero creer que fue Kafka el que nunca dijo a sus compañeros de oficina que era escritor. ¿O fue Pessoa? ¿Los dos? Contarlo les parecería, en todo caso tanto a uno como a otro, más que prepotente, irritante.
Además, seguro que si tanto Pessoa como Kafka, tipos raros, antipáticos y poco sumisos ante la hipocresía y la envidia que eran el jabón social del día a día, decían que eran escritores, nadie les creería.
Nosotros, pobres diablos, con nuestras facturas por pagar, con el grifo del baño que gotea, la ventanilla del coche que no cierra bien del todo, el niño que a los doce años ya fuma porros. ¿Y la niña? Todo el día enganchada al móvil, como para tener ganas de estudiar. Solo falta que mi mujer me diga que está embarazada otra vez. Y ahora va y dejan una nota en la entrada del bloque, dicen que habrá una reunión para una derrama en la comunidad de vecinos, si al menos todos pagaran… como íbamos a pensar que esos tipos -Kafka, Pessoa- tenían un mundo fuera de la oficina.
Y va y un día, sin avisar, el colega este de la oficina -Kafka, Pessoa, qué más da- dice que es escritor. Desde entonces, las chicas de la oficina lo miran con ojos como con los que nunca me han mirado a mí. Y eso que es feo -Pessoa, Kafka-, con esa nariz a lo Franco Napiato. Ese aire bohemio y de despistado no engaña a nadie.
Escritor, dice. Irritante, insoportable. Me pica el cuerpo solo de pensarlo ¿Quién se habrá creído que es? Encanto personal, opiniones mordaces y esa ironía juguetona las pocas veces que dice algo. Será cínico el tío. Qué mordaz, cuánta elocuencia. Sus juegos de palabras son graciosísimos.
Kafka y Pessoa oficinistas, quién los imaginaría delante de una máquina de escribir o con libros de contabilidad, pero es lo que eran.
Kafka además, vendía seguros. No lo imagino yo de puerta en puerta, pero sí.
Y Maxim Gorki era ayudante de cocina. Bukowski fue cartero. Y hay un tipo del que no recuerdo el nombre, que ganó el premio Goncourt de literatura mientras trabajaba de quiosquero cerca del paseo del Sena en París.
Y Blaise Cendrars, que escribió cerca de cuarenta libros y que tras enrolarse en la Legión Extranjera, participó en la Primera Guerra Mundial en la que perdió el brazo derecho, trabajó de fogonero, apicultor, saltimbanqui, pianista (hasta que perdió su brazo), cazador de ballenas, actor secundario para un montaje de la ópera Carmen, camarógrafo, asistente de joyero. Cuando murió, en enero de 1961, estaba trabajando en treinta novelas.
Escritores y oficinistas, impensable.
Un amigo me dijo que cuando me convierta en escritor, me venda diciendo en todos los sitios en los que trabajé aunque fueran cuatro o cinco días de albañil, un par de semanas como vigilante de seguridad, en un bar tres meses, en la recogida de fruta, tres o cuatro veranos o de pintor de brocha gorda un buen puñado de fines de semana.
La verdad es que aún recuerdo como si fuera ayer, aquel ocho de febrero de 1988 en el que entré a trabajar por primera vez en una oficina.
Y es que he sido toda mi vida oficinista, pero que, tal cual Kafka o Pessoa, no dije nunca que escribía. Sería cierto. E irritante.
Fin.












