En la actualidad, el Pardo exhibe y publica una lista de 25 obras de arte incautadas durante la Guerra Civil y el franquismo, abriendo una investigación para encontrar a los posibles dueños que sufrieron este robo. Porque no sólo fueron los anarquistas y comunistas los que, además de quemar iglesias, se apropiaron de obras de arte y joyas y las vendieron al extranjero, y cuando las cosas se les empezaban a poner mal se marcharon pudiendo vivir el resto de su vida holgadamente. También componentes del ejército franquista entraron a saco en negocios y viviendas, para robar lo que podían. Un amigo, me contaba cómo un determinado señor, que luego incluso fue propuesto a premio Nóbel de literatura, entró en casa de su abuela en Torremegía, apropiándose de joyas y objetos de valor, Y otro me comentaba, cómo tras la toma de Mérida por el coronel Asensio (el puente romano se libró de milagro, porque el comandante Luis de Alarcón, se arriesgó y pudo desactivar las cargas explosivas con las que las milicias republicanas querían volarlo, para detener a las tropas franquistas), le envió su padre a la plaza, donde se estaba el coronel, tomando un café o un vino, tras haber conquistado la ciudad, a que enviara a alguien para evitar el saqueo que estaba sufriendo su tienda por un «grupo de moros».

Quizás sería necesario, no pasar página, pero evitar la politización, de las injusticias y abusos que en la guerra se produjeron por una parte y otra.
Cualquiera que siga los avatares de algunas obras de arte, se encuentra con personajes que tras haber arriesgado su vida para defenderlas, no sólo no se les agradeció, sino que incluso se les fusiló, como
le ocurrió a Justo García, el sacristán de Talavera la Vieja, hoy bajo las aguas del pantano de Valdecañas. El magnífico retablo de la iglesia, fue quemado durante la Guerra Civil y allí estaban unos cuadros del Greco, que se salvaron gracias a que Justo García los retiró de los enmarques y los escondió. Y como pago, acabaría siendo fusilado por los nacionales, acusado de haber intentado robarlos.
Evidentemente, yo no profeso la religión de los clásicos griegos y romanos, pero me partiría la cara con cualquiera que quisiera destrozar, una estatua o un relieve o un mosaico de Júpiter, Saturno, Marte, o de Venus, porque son parte de nuestra cultura y por lo tanto, nos pertenecen a todos. El arte tiene en sí además del aspecto artístico, una carga histórica, y la mayoría de las veces emotiva, si es de tipo religioso, y es precisamente esta carga emotiva, es la que quieren destruir algunos, de los que hacen alardes de libertad de pensamiento, pero consideran que se ha de borrar todo aquello, que no coincida con el suyo o que lo ponga en entredicho.
Con otros ropajes pero en el fondo, es lo mismo, son una reencarnación de los Tribunales de la Inquisición, que juzgan a los nuevos herejes, sobre todo en las redes sociales, a los que cuelgan el sanbenito de que no son políticamente correctos y son condenados al desprecio y rechazo. Me parece muy bien, que haya unos mecanismos en la Administración, con los que se dé respuesta a tantas preguntas que muchos familiares, se han hecho sobre el posible paradero de los restos de padres y abuelos, que pudieron ser represaliados.
Todos tenemos alguno más o menos cercano, que desapareció posiblemente en algún combate, y que seguramente sería enterrado, en el mismo lugar donde murió, pero del que no se sabe donde. Pero esta idea, tan justa, se ha desviado hacia lo que los romanos llamaban la «Damnatio Memoriae», la destrucción o desfiguración de la Memoria y prestigio, de ciertos personajes, incluso pertenecientes a nuestra cultura.

Todo el mundo sin excepción, se horrorizó ( y con razón) cuando los talibanes bombardearon los budas de Bamiyan, en Afganistán, que habían pervivido durante 1.500 años, porque el Islam no permite representaciones, y estas eran además religiosas e iban, contra sus ideas. Budas, que según creo, se han reconstruido nuevamente con aportaciones económicas de todo el mundo. Sin embargo, corren por las redes, aunque no sé hasta que punto serán ciertas, las alarmas de que se quiere volar la cruz del Valle de los Caídos, y de que se ha abandonado el mantenimiento de la Basílica. Independientemente de que se quisiera «laicizar» expulsando a los monjes del mismo, de ella, allí están las obras de los mejores artistas españoles de aquel momento, y entre ellas las del emeritense Juan de Ávalos, también sufrieron, cuando la ministra de la Vega, con premeditación, alevosía y casi diría nocturnidad, quiso quitar la imagen de la Piedad, que recibe a quienes van a visitar este monumento.

La destrucción de obras de arte, e incluso profanaciones de tumbas, como se puede ver en muchas fotografías, en las que algunos se fotografían ante los cadáveres de monjas sacadas de sus tumbas, ( para ellos no existía la «paz de los muertos») fue algo común ante la falta de control del Gobierno, sobre grupos incontrolados, que robaban y destruían a su antojo. Esto hacía, que algunos espabilados, se sintieran amparados en sus saqueos, quizás uno de los casos más curiosos sea el de un casi analfabeto, pero no tonto, como el de Josep Sierra, militante de la CNT-FAI en Barcelona, que fusiló a 45 maristas. ¿Fue perseguido y condenado por ello? ¡No¡ Nadie le exigió responsabilidades. Y muy anarquista, pero murió y vivió como un burgués, viviendo de renta.
Cuando se dio cuenta que la cosa había cambiado, se marchó antes de que Barcelona se entregara con los brazos abiertos, a las tropas franquistas que iban a tomarla, dejando las calles llenas de armas abandonadas por quienes antes habían sido tan «valientes», asaltando las iglesias y las casas de los burgueses- Pues antes de que cayera Barcelona, José Sierra se instaló en un confortable piso de Londres en donde murió en 1974. ¿Y cómo pudo un personaje que como se ve en su breve autobiografía, apenas sabía leer y escribir, llegar a codearse con lo mejor de la sociedad inglesa? Porque en lugar de quemar las estatuas y cuadros, y destrozar cálices y cruces de plata que sabía se encontraban en según qué iglesias, se los llevaba y los vendía a anticuarios extranjeros, y de esa manera pudo comprarse una casa en uno de los mejores barrios de Londres y vivir de renta el resto de su vida.

Señores políticos, dejen personajes y acontecimientos en paz, y ayuden en lo que puedan a quienes demandan la Memoria de sus muertos, que ya la Historia pondrá las cosas en su sitio incluidos a ellos mismos. Pero los amantes de la cultura y la memoria de los pueblos, sí que deberían poner sobre la mesa ciertos acontecimientos, que han sido nefastos, con la destrucción del Patrimonio común. Y este veto contra el saqueo, que protagonizaron algunos personajes, como el que descubrí al investigar algunos objetos de la iglesia del pueblo de mi familia, como fue Juan Giménez de Aguilar, gran intelectual, creando un fondo en el que se preservaron, debidamente identificados y estudiados muchos objetos y elementos artísticos, de la rapiña y la destrucción, no sólo no fueron premiados, por su labor, sino al contrario, en su caso condenado a muerte y posteriormente conmutada a pena perpetua, posiblemente acusados y perseguidos, por estos mismos personajes a los que se les impidió apropiarse y venderlos, y ellos, ahora ya reconvertidos en franquistas acérrimos, se quitaban de en medio a los posibles testigos, para que no hubiera sospecha alguna de sus tropelías, que ahora multiplicaban tan impunemente como en la República.
Investíguense las muertes y represiones políticas de una y otra parte, y den respuestas a la Memoria de los vivos, pero no asumamos que se utilice impunemente a los muertos, usándolos como instrumento político. Las memorias de los muertos, no son objetos propagandísticos a manipular, son sentimientos dolorosos de muchas personas y deberían respetarse.












