Leo que estos días se le hace un merecido homenaje a un escritor que me cae mal. Me resultó insoportable y eso que solo coincidí en persona con él dos o tres veces. Y de lejos, diez o doce asientos más allá del mío en la presentación de libros de poesía, cuando yo formaba parte de las veintitantas personas -a veces menos- que íbamos a esos eventos.
Aún teniendo esa sensación de que el señor ese se creía tan superior al resto de los mortales, -¿envidia por mi parte?- compré libros suyos. Y algo leí.
Recapacitando, pensé que lo mismo se comportaba en público con tal superioridad manifiesta a causa de sus complejos de inferioridad. Y eso que era alto, guapo, culto, inteligente y hablaba bien. Y que a mí qué me importaba.
Antiguamente a este tipo de emociones contrarias se le llamaba “incompatibilidad de caracteres”. Entre él, famoso, guapo e importante y un mindundi como yo no había ni punto de comparación.
Ortega y Gasset en sus “Meditaciones del Quijote” de 1914 afinó un poco más afirmando: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.”
Por eso, si me comparaba con tal ejemplo de persona con éxito social, yo ganaba por goleada.
Está claro que cada uno salva sus circunstancias como puede. Yo lo intento de la forma más inteligente posible. Inteligente para mí, allá cada cual con lo que haga con su inteligencia.
Como me gusta intercalar nombre de pensadores (o no, porque a saber si pensaron lo que dijeron y según en qué circunstancias) me acordé de lo que dijo Voltaire allá por 1700 y mucho: haciendo un repaso a la Historia llegó a la conclusión de que el mundo de la Edad Media fue el más caótico en el que los hombres habían estado condenados a vivir.
¡Venga ya! Eso lo dice hoy en día un rapero, un youtuber, un político que ha cambiado de bando y cualquiera.
Me toca el turno de darle la palabra a Albert Pla. El domingo escuché un poco de una conversación que tuvo en televisión con un periodista famoso. Este le preguntó qué tal llevaba sus contradicciones. El cantautor, actor, polémico y borde Albert Pla dijo que bien: por la mañana se levantaba anarquista, luego, socializando con la gente, se volvía comunista, después de siesta, se aburguesaba y se iba haciendo cada vez más de derechas para acabar por las noches siendo un auténtico facha.
Lo mismo, a pesar de la pinta de unos y de otros “en Sociedad”-el atildado y guaperas homenajeado del que escribí al principio, frente a las de perroflauta del provocador Albert Pla- los dos son buenas personas que es lo importante. Lo mismo hasta Ortega y Gasset y Voltaire lo fueron la mayoría de los momentos de su vida.
A saber.
A la conclusión a la que quería llegar -instintos básicos, contradicciones y paradojas aparte- es que, según mi modesta opinión, la forma más inteligente y sana de vivir la vida es ser buena persona; a partir de ahí, uno lo tiene más fácil para decidir cómo comportarse.
Fin.












