Anda la parroquia revuelta, a la de la Divina Pastora de Motril me refiero. La razón es que tienen una “okupa VIPs” que, sin duda con permiso del cura párroco, ha tomado la nada cristiana decisión de acogerse a sagrado y declararse en huelga de hambre.
Qué necesidad, con la de millones que tiene su hijo, de meterse en estos jaleos y en una iglesia, que puestos a elegir y teniendo en cuenta de quién es progenitora bien podría haber elegido el Meliá Sancti Petri en la playa de La Barrosa de la gaditana Chiclana de la Frontera. ¡Mucho mejor! ¡Dónde va a parar!

Y ahí tienen a esta madre coraje, Ángeles Béjar, rezando en la iglesia del barrio de Capuchinos de Motril, ya jubilada de la peluquería, que apenas termina de rezar por la imputación de su marido, el psicólogo y alcalde, de los EREs de Andalucía, que se afana en hacer lo propio ahora por su hijo, que madre no hay más que una…
Entretanto, salen a escena las primas de Luis Rubiales, Vanesa y Delmeza, que defienden lo indefendible, convocando a propios y extraños a la manifestación, que no partido de homenaje, al espécimen o fenómeno patrio con escaso éxito, congregando a las puertas del sagrado recinto a más periodistas que familiares y amigos.
Y es que hartos del culebrón de Daniel Sancho Bronchalo (el nieto de Curro Jiménez), sus fechorías y su magisterio con los cuchillos tailandeses a la hora de trocear el pollo y lo que se tercie, para elaborar el típico Tom Kha Kai, todas las cadenas de televisión han optado por fijar el foco de atención y de rabiosa actualidad en la familia del suspendido presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Manuel Rubiales Béjar.

De madre a madre, y tiro porque me toca, diario calvario el de la actriz Silvia Bronchalo y sus visitas al penal de Koh Samui, octavo día y en esta ocasión cargada con su mochila repleta cual madre porteadora marroquí en el paso de Barrio Chino cruzando la frontera de Melilla.
De madres va la cosa, de madres va este verano de récords en lo meteorológico y en lo delictivo, son ellas las que sufren las barbaridades que sus hijos llevan a cabo, por lo civil o lo penal, por avaricia o soberbia en cualquier caso y torpes, muy torpes, creyéndose más inteligentes de lo que finalmente han demostrado ser.
Y la madre de Edwin Arrieta Arteaga, la profesora de setenta y seis años, Marcela Arteaga que se refugia en la iglesia de la localidad colombiana de Lorica, rezando para que Dios la provea de la fortaleza necesaria por la irreparable pérdida.
Ésta última, sí que es una madre coraje, no existe mayor dolor que la muerte de un hijo, tan terrible que no hay siquiera palabra que lo defina, pues el hijo que pierde a su madre es huérfano, pero la madre que pierde a su hijo, en su dolor, por no tener no tiene ni denominación.
Así que, puestos a rezar, le ruego a Dios que, por orden, atienda primero a doña Marcela y ya de paso que les dé un tirón de orejas a los padres de las criaturas, que pareciera que tan sólo fueran hijos de sus madres. Aquí también, en lo emocional, qué largo camino el pendiente para erradicar las costumbres y tradiciones machistas o patriarcales.












