La primavera empezó el pasado miércoles a las cuatro de la tarde. Lo sé porque lo escuché en la tele.
La primavera. El polen. Las abejitas. Los abejorros escultores invasores. Los estornudos. Los estarnudos. Las ronchas. Los aberronchos. Asma. Erupciones volcánicas, cutáneas y balcánicas en rostro. Picor 43 o 43 tipos de picores.
Ya es primavera en el cortinglés, se decía. Y en Mérida (Badajoz). Pero no sé si en la Mérida del Yucatán (México), en la venezolana, en Hue (Vietnam), en Kuala Lumpur (Malasia) o en Chinchinati (Ojaio, EEUU).
En primavera el sistema inmunitario se me vuelve blandiblú. Rinitis. Ranitis. Rinocerontitis. Congestiones nasales, basales y abisales. Suspiros descontrolados y moquillo y los trogloditas.
Con tantos eccemas mi cara parece un ecce homo restaurado por Cecilia la de Borja. En primavera me sale urticaria hasta en la montura de las gafas. Las pestañas se me parten con ruido desgarrado y se me colapsan y apropian las venillas de la nariz. Y hasta se me exhuman las meninges que a saber lo que tiene que doler.
No solo tengo alergia al polen, a las gramíneas, al polvo del camino -tanto al de ida como al de vuelta- y a la cebada -y a eso que a mí la cerveza en vaso de tubo no me la quita nadie-
Es tal la obsesión que me entra con la alergia primaveral que en cuánto se levanta un poco de viento, ese viento que agita la cebada, me entra ganas de emborracharme de ciripolen y licor de bellota sin.
Por culpa del viento primaveral tengo alergia a los matarratas, a la mucielagina, a los cebros, a los cobayos en flor, a los ñu heterosexuales, a las mimosas, a los langostinos en escabeche, a la reuma, a los golondrinos en celo, a las muñeiras, a los prepucios de jerbillo, a las tostadas de marihuana, al aleteo del colibrí en celo, a las persianas de color beige, a los pazos de Ulloa, a las perdices con lentillas.
Estas parecen alergias un tanto peculiares, pero tengo más. La peor de todas es a los esternocleidomastoideos, esos músculos del cuello, gordos, sebosos y llenos de manteca colorá, que van desde la muela del juicio hasta la clavícula.
Es que voy tan tranquilo por la calle y en cuánto intuyo que alguien lleva un esternocleidomastoideo a cuestas, empiezo a estornudar, me pica hasta la caspa y la gonorrea, lagrimeo, lagricago y me escuece desde el uñero de al lado del juanete del dedo meñique del pie cabo, hasta el paripé de los ojos sargentos (esto es mejor que un soneto en do mayor: no sabía que poseía poesía).
El otro día casi de casi me da un ataque de asma letal, cuando vi a un golondrino en celo en el sobaco de un cebro. La culpa era del cebro. El cebro se besaba en un paso de cebra (¿su madre?) con un cobayo que enseñaba el esternocleidomastoideo a todo el que miraba.
Aunque me había tomado siete antihistamínicos vía rectal (y sumal), tres aerosoles nasales por la oreja izquierda, había posado un supositorio bajo cada asila, me había echado treinta y siete gotas de ajenjo de medio litro cada una en cada ojo, había tomado dos viagras tamaño balón de Nivea y tres jarras de cerveza negra, casi me quedo en el sitio, de los estornudos, gruñidos y guarridos que di por culpa de la astenia, la resaca, la alergia primaveral y las contracciones.
Yo creo que de la reacción a tanto medicamento de golpe, me vinieron siete orgasmos verbales que me dislocaron la pituitaria y me prorrumpieron las coanas, tuve un esquince de las cervicales de las gónadas, rotura interna de los isquiotibiales y de la cara be de la opulencia. Qué mal me puse. Hasta el esternocleidomastoideo me empezó a expectorar.
Y es que en primavera me pongo hipersensible e incluso sensible en un hiper.
Será que dicen que la primavera la sangre altera. Qué bonita la primavera. Ya lo dice el poeta: “La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido.”
Pero yo opino como el gran, ínclito, ubérrimo y contumaz Fernando Fernán-Gómez cuando dejó para la posteridad aquello de:
“Primavera, váyase usted a la mierda. A la mierda!!!”.
Nota del autor: todo lo que he escrito es una siniestra broma. Me encanta la primavera a pesar de la alergia. Tengo alergia a todo lo que he dicho menos a una cosa: a los esternocleidomastoideos. Lo reconozco, no sé mentir. Tengo los esternocleidomastoideo como el pescuezo de un cantaó, como el pescuezo de un mulo asomado a un postigo.
No, no tengo alergia a los esternocleidomastoideos. Excepto si se me llenan de polen o de abejitas.












