Es “El corazón delator”, un cuento de 1843 (se lee en dos minutos) del escritor Edgar Allan Poe.
Trata sobre el poder de los remordimientos, ese sentimiento que nos alerta y nos recuerda que hicimos algo equivocado o incorrecto, injusto o no acorde con nuestra ética o nuestros valores.
Nada más empezar a leer la historia de Poe, uno se da cuenta de que el protagonista (y narrador en primera persona) es un tipo inestable: nos quiere convencer de que no está loco, soltando frases como:
“Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo” o, “Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo”.
Quería mucho al viejo. Él no era colérico y ni siquiera le interesaba su dinero (del viejo), lo que le pasaba es que se obsesionó con un ojo podrido del anciano, un ojo como de buitre, celeste, velado por una tela.
El narrador justifica su cordura preguntando: “¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos?”
Al loco solo le obsesiona el ojo ciego del viejo y asegura que dejaremos de tomarlo por loco (para esconder que los remordimientos le corroen el alma) en cuanto escuchemos cómo describe las astutas precauciones que adoptó para esconder el cadáver del viejo.
Pero esta no es lo la clave del cuento, ni siquiera el nauseabundo (para él) ojo del viejo. No. Es su conciencia. Ese pesar, ese dudar de si hizo bien o mal al matar al viejo. Esa sospecha que no es más que el arrepentimiento de una locura no quiere reconocer. Esa insistencia…
Con un poco de imaginación, este cuento de dos minutos publicado en 1843, sirve para confirmar que vivimos en una sociedad de remordimientos (individuales, colectivos) anestesiados, mientras un “corazón delator”, a veces, nos acuse y nos remuerda la conciencia, sin atrevernos a reconocerlos.
Fin.












