El humano, es un animal social, y la soledad es uno de los enemigos mas peligrosos de una persona, no sólo en cuanto a que el vacío existencial, le lleve al suicidio, sino que también esta carencia, cuando vive y sufre esa lacra social, por la falta de comunicación con otros, le hace sentirse desgraciado. No dejó de impresionarme, quizás porque lo conocía, el que tras varios meses muerto encontraran a uno que durante años fue vecino mío, en su piso, sin que nadie lo hubiera echado de menos. Esta sociedad, tan aparentemente conectada, sobre todo a través de las redes sociales, padece de soledad, porque estas conexiones en las que se tienen «miles de amigos», en realidad, son un puro sucedáneo, porque cuando te cruzas con alguno ni te saluda. Tal como se ha visto tras la Pandemia del coronavirus, mucha gente, sobre todo adolescentes y ancianos, han visto sus relaciones personales alteradas por la inhumana cárcel, del confinamiento, al que nos condenaron a todos sin poder salir de casa y en muchos casos de una habitación de 12 metros, en la Residencia de ancianos en la que se encontraban.

Comentaba uno de ellos, en un artículo de Libertad digital, recordando esos momentos, de los que parece que nadie quiere ya acordarse o que no quieren que se recuerde. ¿Cómo consiguen que no se recuerde? Pues eso es el abc, de lo que se estudiaba en lo que cuando yo era joven, se llamaba marketing, estudios y actuación para manejar el mercado, y es que, el sistema para hacer olvidar las cosas y evitar que se pidan responsabilidades, y que políticamente no les afecte, es diluirlo para que no llegue, o no tenga peso en la opinión pública. ¿Cómo? Pues dando importancia e inundando los medios de comunicación, redes sociales, periódicos, radios y televisiones, de otros «acontecimientos» que sepulten con las «nuevas noticias » lo ya pasado, y se olvidará.

Y este anciano, del artículo, daba marcha atrás hasta unas circunstancias vividas, quitándose de encima toda la propaganda que se ha hecho sobre lo bien que se gestionó la pandemia.
«Y, puestos a recordar, hemos recordado que hace dos años, más o menos, éramos la prioridad ante la pandemia de un virus, los más vulnerables, y parecía que toda España se ponía patas arriba para protegernos. Por eso nos dejaron sin salir y sin visitas durante meses, tantos que alguno no estaba para recibir visitas (ni para nada, simplemente, no estaba) cuando se levantaron las medidas. Por eso nos encerraron confinados en una habitación de doce metros cuadrados y, si era preciso, nos ponían sujeciones, por nuestro bien, cuando intentábamos salir… Pero empezamos a sospechar que tampoco somos tan importantes, cuando se ha acabado la pandemia y no se ha revisado la situación de las residencias, ni se ha aumentado el personal, ni se ha legislado al respecto para regularlas… Dice el experto de mi mesa de truque, vocal también en la Comisión de Mayores de nuestra Residencia que quizá, puede ser que, tal vez, crean que nuestro voto no es seguro en las próximas elecciones. Que somos un pedazo de tarta con fecha próxima de caducidad y que es tontería invertir en los mayores. Y yo, que le quiero llevar la contraria, lo tengo difícil…Y va a ser verdad que no les importamos. Y voy a perder la discusión, mecachisssssssssssss».

Tras ellos, los que más han estado padeciendo esta reclusión han sido los adolescentes, dejándoles un cúmulo de secuelas, ante las que se enfrentan los médicos, sicólogos y psiquiatras.
«Estamos viendo un importante aumento de cefaleas tensionales, migrañas, mareos, bruxismo y fracturas dentales, insomnio…, que son su forma de somatizar. Pero los padres también debemos estar atentos al aumento de “irritabilidad, ansiedad, mal humor, depresión nostálgica, tristeza, pensamientos negativos…”
Y es que en una edad en la que la sociabilidad, ante un mundo que comienzan a descubrir e interactuar ante los nuevos retos vitales, haber permanecido encerrados y con normas restrictivas en la relación con los de su edad, ha provocado los mismos traumas que en las personas mayores la soledad, depresión, ansiedad o problemas de sueño, apatía y carencia de interés vital que puede llevarles al suicidio.
Los psiquiatras afirman que entre los 10 y 19 años «las cifras aumentan a un 50% de los casos atendidos en consulta desde que se inició la crisis sanitaria”. Eso sólo teniendo en cuenta a los que piden ayuda, que no son, desde luego, la totalidad de quienes sufren»
Esta soledad ha provocado, un aislamiento real porque, “se han visto obligados a sociabilizar a través de pantallas y dispositivos electrónicos, por lo que es posible que se haya potenciado la adicción y la falta de sueño que esto supone. Y el problema es que esos comportamientos se han extendido más allá del confinamiento, por lo que van a tardar en ser corregidos».
Esto lleva, en no pocos casos al suicidio, hecho, que aún es sinónimo de silencio. Las muertes autoinflingidas en España siguen siendo un tabú directamente relacionado con la salud mental y pocas veces ocupan un lugar relevante en debates, tertulias y en los propios medios de comunicación, donde en muchas ocasiones se opta por silenciarlo para no generar el denominado “efecto llamada”.

Sin embargo, cuando uno visita algún convento de clausura, » de encerradas» como se decía cuando yo era pequeño, o de cartujos, esta soledad, es paz, y alegría.
Ya lo decía Fray Luis de León:
«Oda a la vida retirada»
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;
¿Cuál es la respuesta del porqué esa «feliz soledad»? Que en realidad, no se sienten solos, su vida está llena de sentimientos trascendentes. Nos lo dice, en su último libro, la gran psiquiatra Inés López-Ibor: «Los sentimientos espirituales son esenciales en el ser humano».
«–Debemos aprender a vivir momentos de soledad. Cuando uno se siente solo, no habiéndolo escogido, vive un sentimiento muy angustioso porque piensa que no hay nadie que le pueda acompañar y es una situación complicada. Pero, hay que distinguir la soledad que uno busca para encontrar la serenidad y estar en paz con uno mismo, de esa otra soledad obligada o no escogida que es muy difícil de asimilar y de aceptar… El sentido de trascendencia lo tenemos todos, unos lo llamarán o tendrán una determinada fe o religión, otros a lo mejor no creerán en nada, pero les dota de sentido.»
Y es que como decía Santiago Ramón y Cajal, uno puede ser escultor de su propio cerebro, si se lo propone, y eso es un poco en lo que hay que trabajar. No es fácil, pero se puede conseguir.
He encontrado un libro de poemas que se editó en 1979, su nombre es «cartas desde la sol-edad» jugando con la palabra edad, como componente de la soledad.

Entre ellos estaba este.
LUTO ETERNO
Viene la sra. María
tocada con su pañuelo,
pasa la sra. María
con su cara,
siempre de duelo.
Hace ya cinco años,
que se murió
su consuegro,
hace ya cinco años,
que ella
se viste de negro.
Cuando murió el pobrecito,
ella le deseó el infierno
y como un trapo en vida
le ponía en cualquier momento.
Han pasado cinco años
y ella, guarda aún el duelo
Porque una vez muertos,
¡que buenos son los consuegros¡
Y es que a veces vale más, estar solos, que mal acompañados.












