En el número de mayo de 1992 de la revista Los Inrockuptibles en español, descubrí en una entrevista que le hicieron, a un escritor que con el paso de los años acabaría siendo uno de los premios Nobel de Literatura más polémicos. Me refiero a Peter Handke.
Nació en 1942 en un Griffen un pueblo austriaco de tres mil y pico habitantes, cerca de la frontera de Austria con Eslovenia (en 1991 Eslovenia se independizó de Yugoslavia).
Es tanto lo que podría escribir sobre Peter Handke que no tengo ni idea de por donde empezar. Se me ocurre decir que es de los mejores escritores vivos que existen. Y eso que solo he leído traducciones de sus libros.
Lo primero que leí de él fue esa interviú en la revista de música Los Inrockuptibles. De ahí pasé al primer libro suyo que encontré, “El miedo del portero al penalti” que me recuerda un poco, no tengo ni idea de por qué a “Aquella edad inolvidable” de Ramiro Pinilla (por cierto, excelente escritor, un consejo con el que arriesgo poco: dejen de leer a Pérez-Reverte y otros parecidos y lean a Ramiro Pinilla, por ejemplo) será porque en una novela aparece un famoso portero de fútbol y en la otra un delantero centro del Athletic, aunque lo importante en ellas no sea el fútbol.
Cuanto más cuento más me doy cuenta de todo lo que voy dejando atrás sobre Peter Handke.
Me he acordado ahora de otro librito de Peter Handke. Se trata del “Ensayo sobre el Lugar Silencioso”. En ella empieza hablando de una novela que leyó titulada “Las estrellas miran hacia abajo” donde se cuenta la historia de una familia de la cuenca minera inglesa que pasa hambre. A uno de los protagonistas, cuando se harta de todo, le da por encerrarse en el retrete. Eso hizo él -Peter Handke-: le dio por ir a esos “lugares silenciosos” y contarlo. Un día agarró su mochila y empezó a caminar. Cada vez que llegaba la noche se escondía en los servicios de alguna estación de trenes. Y dormía. En el suelo. No solo se escondía y dormía, también se auscultaba, divagaba, imaginaba, pensaba, reflexionaba, observaba, recordaba. Y escribía. Así de sencillo.
Con esto creo que ya he dicho mucho. de Peter Handke. Eso son sus libros.
Supongo, y no es mucho suponer, que nadie lee a Peter Handke, no solo porque leer se ha convertido en un acto revolucionario, de friquis y gente rara y que pierde el tiempo, sino que, además, en el caso del escritor austriaco-esloveno (¿o podría decir “ciudadano del mundo”?) más todavía por su polémica por la que dicen fue su “posición proserbia en la guerra de Yugoslavia”, que es un capítulo aparte.
En la entrevista en Los Inrockuptibles, se decía -aparte de que como Thomas Bernhard (sublime), Peter Handke era también conocido por el odio a su patria- recuerdo que me llamó la atención (y mas siendo yo escritor de diarios) que dijera que empezó a escribir un diario a partir de los treinta y tres años. Fue una liberación. Escribía en cualquier parte. Se paraba al caminar y escribía. Y eso que cuando era joven le parecían ridículas las personas que llevaban una libreta en el bolsillo (lo dijo sacando un bloc de notas de su bolsillo).
Con el tiempo escribir su diario se convirtió en una obsesión. Escribía como un loco. De ahí vienen muchos de sus libros. Escribir le tranquilizaba. Decía, a sus cincuenta años (ahora que tiene ochenta no sé si pensará lo mismo) que “escribir es como una decoración árabe, la eternidad”.
Me acuerdo ahora de su novela (son como las de César Aira -futuro premio Nobel de Literatura-, en cantidad de papel y tinta, pocas veces pasan de las cien páginas)“Desgracia impeorable” (no sé por qué las llamo novelas, aquí el género sí que da igual) en la que casi siete semanas después de haber muerto su madre se pone a escribir de ella.
Y ya está. Termino casi sin haber empezado a escribir sobre Peter Handke.












