Cuando leí en “Suburbio” de John Cheever que Tony, el hijo adolescente de Nelly y Eliot Clavo, a causa de una depresión -se sentía triste, decía- llevaba doce días sin salir de la cama, me acordé del escritor Juan Carlos Onetti.
Los tres médicos que lo visitaron llegaron a la conclusión que la causa de las nulas ganas de vivir de Tony es que lo había tenido todo en la vida, hasta ahora. Su familia, acomodada socialmente, le compraban todo lo que quería. Siempre.
Nada que ver con el hecho vital de Onetti, este ya era viejo cuando decidió que todo lo importante ocurría en la cama. Su esposa dijo que se pasó los últimos quince años de su vida en la cama (siempre con tabaco, libros, materiales de escritura y una botella de güisqui a mano) por pereza. Suena triste, pesimista, desolador, cínico y hasta absurdo pensar que alguien ya solo quiere estar en la cama, claro que ese “alguien” era Juan Carlos Onetti, que ya había escrito “Juntacadáveres” o “El astillero”.
Pero hay más acostados, José Manuel Caballero Bonald, relata en uno de sus libros de memorias que en su familia y en un artículo de 2006 en El País, cuando él era niño, había unos tíos suyos a quienes todos llamaban en su casa y en todo Jerez de la Frontera “los acostados”. Recuerdo de memoria un episodio imborrable del capítulo de «los acostados»: el de su tío Rafael, que no salía de su cama ni de su casa si no era para salir a la calle a comprar cigarros. Inmediatamente volvía a su casa, a su alcoba, a su cama, a ver pasar el tiempo y la vida imaginando cómo podía ser de otra manera que no fuera la suya, la del «acostado» por antonomasia. Eran cinco los familiares “acostados” y todos empezaron antes de los cuarenta y cinco años, que impresiona más. “Pasaban más tiempo en la cama del imputable a un capricho pasajero”, dijo Caballero Bonald.
Quizás viendo estos ejemplos escribió Bukowski la frase “Quisiera irme a la cama cinco años, pero el mundo no me deja”, que enmarca el inicio del libro de poemas de Roger Wolfe titulado, eso es, “Cinco años de cama”.
Y aunque hay mucha gente que por diversas causas (estrés, depresión, angustia, tristeza…) no puede dormir bien o ni tan siquiera dormir, hay otras personas que se dan por saldadas y deciden no salir de ella y no para hacer lo básico (dormir, el amor, el pinopuente, jugar a la cuatrola, retozar, hacerla, remolonear, roncar, pensar, ponerse excusas para no levantarse, insultar al despertador, hacer “la cucharita”, desayunar, fingir…) o por enfermedad que es lo más duro de todo, sino para convertirse en nadie aunque antes hubiera sido mucho como Onetti, escritor, o un abuelo de Caballero Bonald, químico.
Pasó cerca de un mes en la novela “Suburbio” de John Cheever, hasta que un curandero de esos que cobran la voluntad, consiguió sacar a Tony, el hijo de Nelly y Edy Clavo, de la cama y de la tristeza, pero esto forma parte de la ficción.












