Los niños de mi calle nos dedicábamos a perseguirnos, pelearnos y darnos pedradas como pueden testificar las tres o cuatro piteras de recuerdo que tengo en el cuero cabelludo.
Actuábamos como salvajes, supongo que para llamar la atención (como auténticos bonobos) de las niñas que pasaban de nosotros y que jugaban a sus cosas (que se note lo brutos que éramos).
Uno de los juegos que más me impactó fue el que realizaban con una goma elástica negra. Parecía fácil. Una de las niñas saltaba por encima y a los lados de la goma elástica que tenían otras dos reatadas y colocadas a la altura de los tobillos mientras cantaban, reían y se divertían.
Pero lo que más me impresionó, más que sus saltos, es lo que cantaban, algo así como: “Maiserforyuti, tu eres reina por eso yuti, maiséfoyú ayú ayú. Maiserforyuti tu eres alta maiseforfú ayú ayú”.
A veces hacían el Maiserforyuti o yuti o como sea, dándose palmadas en las manos unas a otras.
Digo que algo así como Maiserforyuti y frases más largas y cada vez más deprisa, porque es lo que entendía yo que cantaban. Y se lo pasaban muy bien. Y no nos hacían ni caso. A nosotros que a base de golpes y porrazos nos llenábamos de heridas y sangre para impresionar a las chicas.
Las niñas de mi calle eran de otro planeta, un planeta inalcanzable e incomprensible. Del que huíamos y al que menospreciábamos. El suyo era un planeta mucho más avanzado que el nuestro, tan simple y de andar por casa y lleno de piteras, insultos, palabrotas, empujones, escupitajos y poco más.
Por algo alguien escribió un libro titulado “Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus”.
Estábamos tan lejos de ellas que para defender nuestro infantilismo ante su madurez, decíamos que eran el “sexo débil” que solo servía para cantar cosas raras como ese “Maiserforyuti tu eres reina por eso yuti maiséfoyú ayú ayú”, sin imaginar que habían inventado un lenguaje propio, mientras nosotros -brutos, hoscos, toscos, rudos- jugábamos a pegarnos, como recién salidos de una caverna.
Fin.












