Científicamente comprobado, tras múltiples estudios y después de haber desarrollado multitud de hipótesis con concienzudos y elaborados experimentos, la conclusión tan sólo puede ser una: los bancos y las mal denominadas cajas siguen abusando, presionando y obligando a los clientes, siquiera sea de forma indirecta.
No hace tanto tiempo, apenas quince años, conocíamos y nos conocían, los empleados de banca y el resto de la ciudadanía nos saludábamos por la calle y nos preguntábamos por la familia, compartíamos confidencias, alegrías o penas y el trato, al igual que con el resto de nuestros conciudadanos era cordial, educado, amable e incluso humano.
En dos mil ocho, fue en este año cuando se rompieron décadas de tradicional cordialidad entre entidades bancarias y el resto de la población. Paradójica actitud la que adoptaron cajas y bancos que se vieron beneficiados económicamente por un Gobierno que en lugar de rescatar a los clientes optó por ayudar a las millonarias entidades financieras.
Contradictoria decisión, si tenemos en cuenta que el supuesto rescate bancario se fundamentó en los ahorros del resto de los españoles y es que con los dineros públicos fue bien sencillo ser generosos, especialmente a aquellos que además y gracias a las definidas como puertas giratorias, llegaron a los consejos de administración de los grupos empresariales agraciados con aquel maná celestial.
Tras tres lustros, una vez han modificado las estructuras humanas de las oficinas bancarias y aniquiladas las cajas de ahorros, se ha reestructurado un sector fundamental y fuertemente intervenido de manera singular, donde los beneficios se reparten entre los accionistas y propietarios mientras que las crisis se solventan con los fondos públicos del Estado.
Por su parte los directivos y banqueros de largos apellidos o rancio abolengo, cobran sueldos y retribuciones que impúdicamente publican para asombro e indignación de los contribuyentes españoles, al igual que las cuentas de resultados de sus empresas bancarias que, en un afán de superación ambiciosa, casi avariciosa, se expresan en tantos por cientos de incremento en los beneficios con respecto a los del ejercicio anterior.

Abusando de una posición de privilegio en la negociación de las condiciones hipotecarias, después de quince años en los que han disfrutado del dinero gratuito para seguir engrosando las cifras trimestrales de los engominados y enchaquetados colegas de Mario Conde o Rodrigo Rato, presionan al máximo a los mismos benefactores de antaño y ahora reconsiderados como clientes cautivos.
Después de lo aprendido en este periodo, me atrevo a denunciar la mala praxis de estos privilegiados grupos empresariales, emporios millonarios que sustentan nuestro sistema capitalista y democrático neoliberal o socialdemócrata, tan cercanos y tan aparentemente reñidos.
No es de recibo que los mismos que se beneficiaron de la solidaridad de todos los españoles ahora se valgan de su posición de privilegio, una vez saneados sus balances y superando los beneficios, ejercicio tras ejercicio económico, maltraten a quienes requieren sus servicios.
Porque maltratados nos sentimos cuando solicitamos una hipoteca inmobiliaria y además de plantearnos el interés, lógico margen comercial para el adecuado desenvolvimiento de cualquier actividad en nuestro sistema económico, te sugieren, guían y fuerzan a contratar con quienes a ellos les interesa una ristra de productos totalmente diferentes a los que necesitamos.
Llegando incluso al absurdo de que a empleadas de una correduría de seguros les condicionen la concesión del crédito hipotecario a la contratación de los seguros de vida y de la vivienda con empresas del grupo crediticio. Mala praxis, en el mejor de los casos y rayana en la extorsión.
Ya que de una presión se trata, que se ejerce sin necesidad de verbalizar la amenaza, implícita, pues obra sin ningún género de dudas en el sentido que al banco le interesa para obtener dinero y otros beneficios en contraposición de los intereses de la ciudadanía.












